Depresión y briznas de felicidad
- Marian Rodríguez

- 28 jun
- 5 min de lectura
Resulta que aunque tú no te des cuenta, cada vez que pierdes algo comienzas un proceso de duelo. Consciente o inconscientemente. Conlleva sus tiempos y prácticamente es imposible acortarlos. Aunque intentes racionalizar tus pensamientos y tirar de lógica, lo más probable es que no lo consigas. Además, las emociones no deben ser silenciadas porque un día pueden volver para ahogarte en forma de ansiedad u otras dolencias. Esa es mi teoría.
Yo pasé dos duelos. Uno, el más evidente: mi restaurante. Otro, el más incomprensible para las personas que me rodeaban: la pérdida de mi yo anterior. Porque, como ya os he comentado en otros artículos, yo no me siento exactamente la misma.
La mezcla de ambos duelos fue insoportable para mí. Cuando la realidad de mi lenta recuperación se impuso y comprendí que la opción más inteligente era cerrar el restaurante, decidí traspasarlo. No siempre la decisión más adecuada es la menos dolorosa. Entre las gestiones, los anuncios y la incertidumbre de si lo conseguiría o no, no fui realmente consciente de la pérdida. Estaba demasiado ocupada intentando resolver el problema. Y en ver si era capaz de todo aquello tal y como me encontraba, porque mi estado era un poquito precario todavía. Pero sí, lo conseguí. Y estaba muy orgullosa de mí misma. Hasta que firmé.
Tras el alivio de conseguir un cierre digno para mi aventura empresarial llegó la oscuridad y una terrible sensación de vacío, de pérdida y de fracaso. Aquella sensación se mezcló con la añoranza de mi propio ser, porque tu propia versión después del ictus es un poquito de segunda mano y muy gastada por las esquinas. Al menos lo fue para mi. Y eso que no tengo secuelas visibles. Pero ya no soy igual de rápida, ni de coordinada, ni de capaz, ni de fuerte, tanto física como mentalmente. Todavía.
Y no, no me lo imagino. Y a los 5 meses del ictus aquello era horrible.
Diariamente recibía una dosis de realidad que se encargaba de recordármelo a través de leves caídas, tropiezos contra todo aquello con lo que una persona puede tropezar, golpes con el hombro izquierdo contra los marcos de las puertas, mareos y un cansancio anormal tras cualquier pequeño esfuerzo. Y no os cuento todo, porque había mucho más.
Siempre me he considerado una persona positiva en grado superlativo, pero la suma de mis duelos me arrastró hacia un lugar que no conocía. No sabía que una persona podía sentirse tan triste. Meses más tarde descubrí que, además de tener el cerebro profundamente deprimido, también estaba sufriendo un hipotiroidismo salvaje desencadenado por el ictus. Y llegó la depresión.
No recuerdo tanta oscuridad junta como durante aquel septiembre. No era capaz de utilizar ninguno de mis recursos habituales para afrontar situaciones difíciles. Simplemente despertaba sin ganas de vivir. Quería que todo terminase. Dejar de sentir aquel dolor sordo y constante que produce la tristeza cuando alcanza su máxima potencia. Toqué fondo y un día tuve unos pensamientos tan oscuros que pedí un taxi y me fui a casa de mis padres. Acompañada podía tener aquellos pensamientos, pero no ejecutarlos. Creo que fue la decisión más inteligente que tomé aquel mes. La segunda fue acudir a una psicóloga.
Médicos y fisioterapeutas me habían advertido de los riesgos de la depresión tras un ictus y de la importancia de recibir ayuda psicológica durante el proceso. Tururú. Yo pensaba que podía con todo, que no iba a ser mi caso, que era fuerte, que era luchadora y que mi pronóstico era favorable. Pero igualmente sucedió. La depresión llegó como una niebla espesa que me envolvió y me dejó sin reacción.
Recuerdo perfectamente mi primera consulta. Yo quería una solución. Quería volver a ser feliz. Bueno, milagros a Lourdes. La psicóloga me explicó que estaba atravesando varios procesos de duelo al mismo tiempo y que, de momento, nada iba a devolverme la felicidad de golpe. Me dijo:
—Es un proceso largo y va a llevar tiempo. Estás en duelo. No vas a recuperar la felicidad de golpe. Pero quizás sí puedas ir pellizcando a la vida pequeñas briznas de felicidad .
Recuerdo mirarla fijamente y pensar:
—Oh, qué bonito. A lo mejor eso sí que puedo.
Me pareció una idea preciosa y, sobre todo, posible. Porque cuando estás deprimido, incluso los objetivos más sencillos parecen inalcanzables. Pero una brizna, una sola brizna, quizá sí podía encontrarla. Me imaginé recolectando tenues briznas luminosas de cada pequeño momento que me regalase una bonita sensación.
Así comenzó mi recuperación. Un café con un amigo. Un paseo con mi sobrina. Ver el mar. Una charla con mi madre. Ir de compras con mi hermana. Notar un pequeño avance en rehabilitación. Intentar hacer algo de ejercicio. Intentar volver a cocinar. Empezar a escribir. Que por cierto, así nació este blog.
Cada día repetía la misma rutina. Y lo hacía sin ganas, pero con voluntad férrea y con un objetivo claro: intentar pellizcarle a la vida aquellas pequeñas hebras de luz que parecían la única solución para salir de aquella oscuridad . A veces eran diminutas. A veces apenas duraban unos minutos. Pero estaban ahí. Y durante mucho tiempo fueron suficientes para seguir avanzando.
No me da vergüenza reconocer que necesité medicación como bastón durante unos meses. Los médicos estuvieron muy pendientes de mí y pusieron los parches que consideraron necesarios para ayudarme a abandonar aquella ciénaga. Pero la terapia psicológica fue lo que realmente me ayudó a reconstruirme. A entender que no estaba luchando solamente contra un ictus. También estaba despidiéndome de mi sueño. Y los duelos necesitan tiempo. Mucho tiempo.
Nunca pensé que una depresión pudiera resultar tan complicada como el propio ictus, pero yo lo viví así. Quizá porque nunca estuvieron separados y unieron sus raíces bajo tierra para florecer juntos en el peor estado mental que he atravesado en mi vida.
Con el paso de los meses empecé a sentirme un poco mejor. Y después un poco más. Hasta que un día descubrí algo que entonces ignoraba: las briznas de felicidad se acumulan. Un día son un café con un amigo. Otro, sentir la arena bajo los pies. Una conversación. Una receta. Un post que me gustaba. Un pequeño avance en rehabilitación. Parecen cosas insignificantes cuando estás sufriendo, pero no lo son. Con el tiempo, esas pequeñas hebras de luz terminan tejiendo algo mucho más grande: la capacidad de volver a despertarte con una sonrisa.
Meses más tarde había vuelto a una vida que, aunque no era la misma de antes, empezaba a gustarme. Cocina sana, ejercicio —en la medida de lo posible—, socializar —de nuevo en la medida de lo posible— con personas positivas y plantearme nuevos objetivos fue la fórmula de mi recuperación. Poco a poco, el bienestar fue prevaleciendo sobre las emociones negativas y empecé a recuperar el sentido del humor y las ganas de vivir. Hicieron falta muchas más sesiones, no os voy a mentir. En esta nueva etapa de mi vida he entendido que saber pedir ayuda no es nada malo. Y no es de débiles. Hay que ser muy fuerte para afrontar la vulnerabilidad.
Así que, hayas tenido un ictus o no, si notas que la sombra de la depresión te acecha, no tardes mucho en reaccionar. Ya es hora de normalizar la salud mental. Déjate ayudar. Busca ayuda profesional. Quizá crees que sin ayuda vas a encontrar la salida, pero corres el riesgo de tardar mucho tiempo o incluso perderte para siempre.
A mí me ayudaron a encontrarla, brizna a brizna.

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