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Cuidarse y no morir en el intento

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 13 jul
  • 3 min de lectura

Yo nunca he sido esa mujer perfecta que parece levantarse antes de que salga el sol, con el pelo impecable y unas ganas irrefrenables de hacer yoga a las siete de la mañana. Debe de haber un gen que yo no tengo, porque en redes sociales parece que todas empiezan el día meditando mientras yo sigo intentando abrir un ojo, totalmente despeinada.


Hubo un tiempo en el que cuidar la salud parecía relativamente sencillo: comer un poco mejor, moverse un poco más y procurar descansar. No era fácil, pero al menos parecía posible.


Ahora, en cambio, cada vez que abro las redes descubro una nueva tarea que debería añadir a mi lista. Resulta que no basta con hacer ejercicio; hay que entrenar fuerza. Pero no cualquiera, no te vayas a creer. También conviene hacer pilates. Y caminar diez mil pasos. Y trabajar la movilidad. Y meditar. Y dormir ocho horas. Y comer suficiente proteína. Y tomar creatina, magnesio, colágeno, omega 3 y vitamina D. Ah, y no olvides la rutina de skincare y beber dos litros de agua. Y haz todo ello procurando mantener el cortisol bajo. Esto último suele recomendártelo alguien que acaba de dispararte el cortisol explicándote lo mal que lo haces.


Y si eres mujer, espera a llegar a la perimenopausia. Entonces entiendes que la lista infinita, en realidad, solo era el prólogo. Ahora toca aprender sobre estrógenos, masa muscular, salud ósea, más proteína, creatina, vitamina D, suplementos con nombres muy raros, calcio, levantar ruedas de tractor... y rezar para dormir ocho horas. Y, con suerte, al despertar acordarte de qué tenías que hacer hoy.


No me malinterpretéis. No estoy cuestionando los beneficios de todas esas cosas. El problema es que, cuando lo juntas todo, el autocuidado deja de parecer autocuidado y empieza a parecer la preparación para un HYROX.


Y mientras intentas cumplir la lista, también trabajas, haces la compra, preparas la comida, respondes mensajes, cuidas de tu familia y, si queda un rato libre, intentas tener vida social.

Lo curioso es que vivimos en la época con más información sobre salud y la gente no sabe ni por dónde empezar.


Y entonces piensas: "Pues no hago nada, total". Porque cuando una lista parece infinita, cuesta mucho encontrar las ganas de empezar. Y además, hagas lo que hagas, siempre parece que estás fallando. Al final es imposible vivir en esa maratón agobiante de cuidados obsesivos. Cuando gestionaba mi propio restaurante cometí ese error. Siempre había algo más urgente. Ya empezaría después de las vacaciones. Ya tendría tiempo en verano. Ya la semana que viene... Hasta que un día ya no hubo más "ya". Llegó el ictus


Después de mi susto, entendí que mi salud era una variable a tener en cuenta para el resto de mi vida, aun así, yo no entendía cómo la gente era capaz de hacer todas esas cosas y no desfallecer en el intento. Tuve que encontrar algo sostenible y a mi medida. Así que decidí simplificar. La salud es importante pero la salud mental también. Y el estrés fue una de las causas que me llevó a despertarme en una camilla de hospital.


Un día cogí un papel y escribí todas esas pequeñas cosas que sé que benefician mi salud pero no son inalcanzables. Mi must-do list personal. Subir las escaleras. Salir a trotar. Cocinar una comida saludable. Cambiar un donut por una tostada. Acostarme un poco antes. Hacer un ratito de pesas. Llamar a una amiga. Leer. Descansar.


Y cada día intento hacer tres.


Solo tres.


No siempre son las mismas. Y no pasa nada.


¿Y sabéis qué descubrí? Que así es mucho más fácil cuidarse. Y, la verdad, no me va nada mal. Mis analíticas lo confirman. Los pequeños pasos también cuentan. Tres pequeñas acciones al día parecen poca cosa, hasta que haces las cuentas: son veintiún hábitos saludables a la semana. La disciplina sigue siendo importante, pero ya no consiste en hacerlo todo. Consiste en no dejar de hacer esas tres cosas que me acercan a la vida que quiero. Y si un día fallo, al día siguiente sigo haciéndolo bien, sin culpa.


Nos han hecho creer que, si no podemos hacerlo todo, no merece la pena hacer nada. Que sin perfección, no hay éxito.


Pero la salud no funciona así. La salud se construye con pequeñas decisiones repetidas durante años, no con semanas perfectas. Y hay una cosa que nunca debería faltar en tu lista.


Intentar ser lo más feliz posible.


Porque, al fin y al cabo, ¿de qué sirve tanto autocuidado si por el camino se nos olvida vivir?


 
 
 

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