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De víctima a superviviente

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 10 jul
  • 4 min de lectura

Todavía hay personas a las que les sorprende que a veces me defina como una superviviente de ictus. Sin embargo, ese es precisamente el término que se utiliza para quienes hemos salido adelante después de uno. A mí también me sonaba extraño al principio, pero después de haber estado unos segundos del otro lado —que, por cierto, nunca he sentido tanta paz— no tengo ninguna duda de que lo soy. Lo curioso es que, durante mucho tiempo, no me veía a mí misma como una superviviente. Me sentía una víctima.


Creo que cualquier experiencia cercana a la muerte deja un poso traumático del que cuesta desprenderse. Y le puede pasar a cualquiera. Yo, que siempre me había considerado una persona bastante fuerte, tanto física como mentalmente, sufrí un shock postraumático de libro. Aunque mi caso fue muy grave y llegué al hospital en una situación crítica, entre la vida y la muerte, pensé que mi maravillosa recuperación borraría aquella experiencia. Me equivoqué.


En el hospital tuve algunas pequeñas crisis, pero apenas les di importancia porque mi mayor pelea en esos momentos era dejar el andador y volver a caminar sin él. Cuando me dieron el alta y regresé a casa empezaron los terrores nocturnos.


Aquellos miedos fueron dando paso, junto con otros síntomas como los cambios de carácter o un estado de alerta constante, a otra gran maravilla: mi shock postraumático. De alegría en alegría. Llegó de repente, dos o tres meses después del ictus.


Lo peor para mí eran los flashbacks. Eran imágenes que aparecían de repente, duraban apenas unos segundos, pero me dejaban sin aire, angustiada y completamente desconectada de la realidad. Mi madre gritando cuando me encontró en el suelo, la ambulancia, mi cuerpo inerte transportado de camilla en camilla... Pero, sobre todo, volvía una y otra vez al momento del ictus, a aquellas dos horas inmóvil mirando la misma esquina del mueble del salón mientras sentía que mi vida se apagaba. Hubo días en los que pensé que me quedaría atrapada en esas imágenes para siempre.


La vida puede golpearte de muchas maneras, algunas realmente devastadoras. No siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello. De tanto verme mentalmente tirada en aquel suelo, un día me di cuenta de que podía seguir allí tumbada eternamente o levantarme de una puñetera vez. A veces hay que escoger quién quieres ser después de un trauma: una víctima o un superviviente.


Tú eres tu historia y también decides cómo contarla. Y esto sirve para cualquier golpe que te dé la vida. Yo siempre me había considerado una guerrera. ¿Por qué iba a dejar de serlo ahora? ¿Por qué no empezar a verme como una superviviente?


Al principio no fue natural. Poco a poco fui cambiando mi forma de afrontar la recuperación y hubo algunas estrategias que marcaron la diferencia:


Pasar de una actitud pasiva a una activa. Dejé de esperar a que la recuperación llegara sola y empecé a preguntarme qué podía hacer yo por ella. Pasear, leer, escribir, hacer cientos de crucigramas o entrenar dentro de mis posibilidades. No eran grandes gestos, pero me devolvían la sensación de que seguía avanzando. De esta manera, volví a conseguir hacer deporte, de una manera diferente, pero terminé asistiendo a mi primera 5k. Muy lento, pero la Marian del andador no daba crédito.


Canalizar la rabia. El ejercicio fue fundamental. No solo porque necesitaba recuperar fuerza, sino porque encontré una forma de transformar toda la frustración que llevaba dentro en algo útil. Y empecé a recuperar fuerza.


Dejar de sentirme culpable. Durante mucho tiempo pensé que quizá podría haber evitado el ictus. Pero comprendí que la culpa no cambia el pasado. Solo consume la energía que necesitas para construir el futuro. Aprendí de mis errores y decidí dejar de castigarme por ellos.


Dejar de mirar hacia atrás. Comparar constantemente mi nueva vida con la anterior solo conseguía aumentar mi tristeza. La vida que había perdido ya no podía recuperarla. La única sobre la que todavía podía actuar era la que tenía delante.


Elegir bien a las personas que quería cerca. Tu entorno será uno de los pilares más importantes después de una vivencia traumática. Rodéate de personas que crean en ti, que vean tu potencial. Y procura ser tú el primero que crea en ti.


Aprender a tratarme mejor. Dejé de exigirme tanto y empecé a hablarme con más paciencia. Háblate como le hablarías a tu mejor amigo en una situación similar.


Encontrar un propósito. En mi caso fue volver a cocinar. Para otra persona puede ser cualquier otra cosa. Lo importante es tener un motivo para levantarte por la mañana con algo de ilusión.


Durante algún tiempo pensé que no merecía llamarme superviviente. Me parecía un galardón exagerado. Pero luego lo pensé mejor y llegué a una conclusión bastante sencilla: tampoco me merecía el ictus y, aun así, me tocó vivirlo, ¿no?. Pues eso.


Empezar a sentirme una superviviente me ayudó a dejar atrás el trauma y la pérdida. Volví a sentirme fuerte. Volví a sentir que era dueña de mi vida. Y de esta segunda oportunidad. Todo dejó de ser un final, para convertirse en un principio.


Nunca he querido ser una víctima.


Por eso seguiré diciendo que soy una superviviente de ictus.

 

Porque esa palabra no habla de lo que me ocurrió. Habla de mi presente y de mi futuro.

 
 
 

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