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Vivir al fallo

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 8 jul
  • 5 min de lectura

Está de moda entrenar al fallo. Llevar el músculo al límite, buscar esa última repetición en la que ya no puedes más. El problema no es entrenar al fallo. Es que hemos convertido esta idea en una filosofía de vida. Parece que todo tiene que ser siempre intenso, siempre al máximo. Parece que todos tenemos que exigirnos el 300%. Porque si no, la vida no es un reto.


Pero vivir al fallo no es tan inofensivo como parece.


La sociedad nos empuja hacia un ritmo de hiperproducción. Corremos de un lado a otro como si el mundo se fuera a acabar, convencidos de que siempre hay algo más que hacer. A veces pienso que los hombres grises de Momo, de Michael Ende, ya no fuman cigarros hechos con el tiempo que nos roban. Ahora se alimentan del cortisol que fabricamos a todas horas. Y cuanto más produces, más espera el mundo de ti. Lo peor es que tú también empiezas a esperarlo. Y te exiges aún más.


Yo viví así durante años. Siempre había un poco más que hacer: un proyecto más, una tarea más, una tarde más de trabajo. Siempre encontraba una razón para exigirme un poco más y, cuando el cuerpo empezaba a protestar, tenía una solución muy sencilla: otro café. No había nada que una dosis extra de cafeína pareciera no poder arreglar. Dormía menos de lo que necesitaba, comía mal y a deshoras, aplazaba el descanso y me convencía de que ya recuperaría el sueño cuando terminara aquel proyecto o cuando las cosas se calmaran un poco. El problema era que la vida nunca se calmaba. Siempre encontraba una nueva forma de pedirme un poco más. Y yo nunca encontraba el momento de bajar el ritmo.


Vivía convencida de que descansar era perder el tiempo y de que mi valor dependía de todo lo que era capaz de producir. Me sentía orgullosa de llegar a todo, de no decir nunca que no y de ser esa persona que siempre podía con un poco más. Me sentía tremendamente fuerte y capaz. Durante mucho tiempo confundí la fortaleza con la capacidad de soportarlo todo. Hoy sé que no era fortaleza. Era una forma insana de vivir que había normalizado.


Hasta que un día mi organismo dijo basta y sufrí un ictus.


Sé que en mi caso hubo varios factores implicados y que nadie puede afirmar con certeza qué peso tuvo cada uno de ellos. Pero también sé que el estrés y la falta de descanso formaban parte de mi vida desde hacía demasiado tiempo. Vivía como si mi cuerpo fuera un recurso inagotable, como si siempre pudiera responder, como si nunca fuera a presentar la factura.


Y un día la presentó.


Después del ictus descubrí algo en lo que jamás había pensado: la energía no es infinita. Muchas personas que hemos sufrido un ictus convivimos con una fatiga que no siempre se ve. No es simplemente estar cansado. Es descubrir que el cerebro necesita más tiempo para recuperarse, que la concentración también agota, que una conversación larga puede dejarte sin fuerzas y que hay días en los que lo más difícil es administrar la energía para llegar al final de la jornada.


También aprendí que no todo el ocio descansa. Hay planes que recargan y otros que agotan. Destrozarte en el gimnasio. Comidas eternas por compromiso, reuniones a las que vas porque "toca", eventos en los que estás más pendiente de cumplir que de disfrutar. A veces el cuerpo no necesita más estímulos, sino menos. Necesita silencio, reposo y el valor de decir "hoy no". A veces una pequeña voz en mi interior todavía me susurra que soy egoísta. Pero, sinceramente, he tenido que sufrir un ictus para entender que priorizarse no es un acto de egoísmo. Es una forma de cuidar tu salud.


Con el tiempo empecé a imaginar mi energía como si fuese el depósito de gasolina de un coche. Mientras está lleno, apenas miras el marcador. Conduces con la tranquilidad de quien da por hecho que llegará a cualquier destino. Pero un día se enciende el piloto de la reserva. Sabes que todavía puedes recorrer algunos kilómetros más y decides ignorarlo. "Ya voy mañana", te dices. El problema es que si continúas conduciendo sin hacerle caso, tarde o temprano el coche acabará deteniéndose.


Creo que todos llevamos un piloto parecido dentro. La diferencia es que, cuando estamos sanos, casi nunca lo miramos. Después de un ictus aprendes a observarlo constantemente. Aprendes que cada entrenamiento, cada reunión, cada preocupación, cada tarea y cada decisión consumen una parte de ese depósito. Y también aprendes que, cuando la reserva se enciende, es el momento de parar. No puedes esperar porque si esperas ya es demasiado tarde y el agotamiento ya llegó.


Esa ha sido una de las lecciones más importantes que me ha dejado el ictus. Descansar no es un lujo, ni un premio reservado para cuando has terminado todas tus obligaciones, porque ese momento nunca llega. Descansar se ha convertido en una estrategia. Una forma inteligente de proteger la energía para seguir avanzando mañana.


Antes mi día a día era ignorar las señales y seguir, con una batería inagotable compuesta de voluntad férrea, autoexigencia y cafeína. Hoy mi estrategia es completamente distinta. Si quiero entrenar mañana, quizá hoy tenga que descansar. Si quiero rendir bien por la tarde, tal vez necesite bajar el ritmo por la mañana. Si quiero disfrutar de una cena con amigos, tendré que organizar el resto del día de otra manera. Y no es limitarte, es aprender a gestionar mejor la energía que tengo. Es mi nueva forma de vivir después del ictus.


A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera aprendido todo esto antes. No sé si habría cambiado el rumbo de mi historia. Nadie puede responder a esa pregunta. Pero sí sé que habría vivido de otra manera. Habría dejado de admirar a quien presume de no parar nunca y habría empezado a admirar a quien ha encontrado una forma de vivir que puede sostener durante años. Porque hoy entiendo que la verdadera disciplina no consiste en exigirte cada día un poco más, sino en cuidar de ti con la misma constancia con la que persigues tus objetivos. Los buenos hábitos, el movimiento y una alimentación saludable son los nuevos pilares sobre los que estoy construyendo una nueva vida. Una vida sostenible, en la que me cuido y me quiero mucho más.



A día de hoy ya no busco volver a ser la de antes. He descubierto que mi nueva batería funciona con constancia, paciencia, disciplina y descanso. Mucho descanso. Y también he descubierto que con ella puedo afrontar nuevos objetivos. Incluso he vuelto a entrenar, pero ya no al fallo, sino de una forma constante y ordenada. Y, para mi sorpresa, los resultados también llegan.


Cuánto maltraté mi cuerpo en el pasado. Hoy sé que existían otras maneras de vivir.


Y después de todo lo que has leído, solo quiero hacerte una pregunta:


¿Sigues creyendo que descansar es un lujo que no puedes permitirte?


No vivas al fallo.


Te lo dice alguien que casi no lo cuenta.


 
 
 

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3 comentarios


Iria
09 jul

Me encanta la frase: -“Una vida sostenible, en la que me cuido y me quiero mucho más.”- ❤️


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Marian Rodríguez
09 jul
Contestando a

Gracias Iria, por este mensaje y por estar ahí siempre❤️

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