Bueno carallo, bueno o resiliencia a la gallega
- Marian Rodríguez

- 1 may
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Actualizado: 3 may
Eso fue lo que me dije, una de las primeras mañanas en el hospital, al despertarme y ver los pies de mi cama colgando del techo.
Cerré los ojos muy, muy fuerte, como queriendo borrar aquel desatino. Inspiré profundamente. Los volví a abrir. La cama estaba en su sitio. Menos mal. Otra mala jugada del daño cerebral. Qué susto.
—Bueno carallo, bueno.
Sin darme cuenta, esa frase se convirtió en mi mantra personal en el hospital.
Me la repetía para no caer en la locura. Para no dejarme arrastrar por cada síntoma nuevo. Para recordarme, incluso en medio de todo aquello, que yo era más fuerte que lo que me estaba pasando.
Cuando sufres un ictus, es muy fácil caer en la autocompasión, sobre todo al principio. ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí? Tu cuerpo no responde, todo es extraño, y la vida te frena en seco para colocarte en un escenario que no entiendes.
También lloré algunos días. De frustración, de miedo, de no reconocerme.
Y está bien llorar.
Pero en mi caso, quedarme demasiado tiempo ahí me dejaba peor. Más cansada. Más hundida. Más lejos de cualquier mejora. Así que, en medio de todo eso, empecé a hacer algo que al principio no se sentía muy natural:
Intentar reírme.
No porque aquello tuviera gracia. Sino porque yo sabía que lo necesitaba.
Mi familia y amigos también me ayudaron muchísimo. Recuerdo morirnos de risa con un postre de pera asada —que probablemente se churruscó de más en el horno— al que bautizamos como “cojón de mono”. Tengo fotos. Qué cosa más fea. Pero riquísima, todo hay que decirlo. Incluso vinieron a reñirnos como si estuviésemos en el colegio por las carcajadas contagiosas que nos entraron. Mi madre, entre lágrimas de risa, me preguntó:
—¿Pero te vas a comer ESO?
Pero yo ya estaba masticando a dos carrillos. Os recuerdo que yo tenía un hambre voraz, ja, no iba a quedar en el plato… y menos por feo, discriminación cero.
Nada de eso hacía la situación menos grave. Pero sí la hacía más llevadera. Y una de esas mañanas, en rehabilitación, mi querida Eva me dijo una frase que no se me va a olvidar nunca:
— No tienes daño en la parte del cerebro encargada de la felicidad
Y era verdad.
Las zonas afectadas por mi ictus tenían que ver con el equilibrio y la coordinación. No podía caminar bien. No podía coordinarme. Pero sí podía reír. Sí podía intentar sentirme mejor.
No hablo de positivismo tóxico. Meses después tuve una depresión fuerte y sé perfectamente que no se “elige” estar bien sin más.
Pero en la fase más dura entendí esto:
Mi cerebro ya estaba luchando bastante. Se merecía un poco de alegría.
Y empecé a usar el humor como una herramienta más de rehabilitación.
A veces salía solo. A veces tenía que empujarlo un poco. Pero cada vez que lo conseguía, pasaba algo:
Dormía mejor. Me despertaba más despejada. Notaba pequeños avances. No es magia. Es regulación.
La risa no te cura, pero te oxigena. Te saca, aunque sea por momentos, del miedo. Te conecta con los demás. Y contigo.
Y poco a poco cambió algo. Mi actitud. Mi forma de enfrentar lo que venía.
Porque la vida puede romperse en un segundo. Pero cómo decides atravesarlo… también importa. Y ahí entendí algo muy nuestro. Los gallegos no siempre hablamos de resiliencia. A veces no la nombramos. Pero la practicamos. Está en nuestro ADN.
A nuestra manera. Sin épica. Sin grandes discursos. A veces simplemente en forma de frase.
Reír no es frivolizar lo que te ha pasado. Es darle a tu cerebro un respiro dentro del caos.
Otro día me desperté y mi mano se movía sola, como quien acaricia un perro imaginario. Pero aquella fantasía de síntomas surrealistas no iba a poder conmigo.
La miré. Suspiré. Y como tenía vida propia le hablé:
—¿Te estarás quieta?
Puse los ojos en blanco.
Y me dije: Marian, vamos a salir de esta. Como sea. Bueno carallo, bueno.

Buenísimo Marian. Sigue riendo. Reír es la gran medicina
Todo lo que escribes me encanta y bueno carrallo bueno.
Es una frase muy chula
La vecina de enfrente que iba a comer a tu restaurante
Besitos amor