top of page

EXCUSAS

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 30 jun
  • 3 min de lectura

En general, las excusas son nuestra manera de eludir las responsabilidades o las tareas que no nos apetece realizar. Bien porque creemos que nos van a generar un esfuerzo desmedido, porque nos sentimos incapaces o, simplemente, porque no nos da la gana. Y tampoco pasa nada. Una excusa de vez en cuando no hace daño a nadie.


Pongamos un ejemplo sencillo. Te invitan a una cena o a una reunión de antiguos alumnos a la que te apetece ir entre poco y nada. Además, llueve, hace frío y el sofá tiene mucho más poder de convicción que cualquier plan. Así que te inventas una gripe, una migraña o que has pinchado una rueda. Y te quedas en casa tan feliz viendo Netflix con la mantita. Todos hemos puesto alguna excusa alguna vez y tampoco es el fin del mundo.


El problema aparece cuando dejan de ser algo puntual y se convierten en una forma de vivir. Cuando empiezan a decidir por ti y acaban limitando la vida que realmente quieres tener.


Después del ictus tuve que volver a aprender a caminar y, con ello, a correr. Se lo había prometido a alguien: a la Marian que estaba ingresada en el hospital. La del pijama azul y el andador. ¿Podría volver a correr algún día? Bueno, primero había que volver a caminar. Pero me prometí que lo intentaría todo. Soñaba con ello y me dio mucha esperanza durante mis eternas 3 semanas de hospitalización. Lo que no sabía es que volver a correr iba a ser tan difícil.


Por eso sonrío cuando escucho a alguien decir:


—Lo intenté, pero correr no es para mí. A los cien metros ya me ahogo.


Claro. Como todo el mundo cuando empieza. Ahora prueba con un cerebro que todavía no sabe coordinar unas piernas y luego me cuentas. Qué rápido damos por sentada la salud. Ojalá me hubiese puesto muchas menos excusas antes de sufrir el ictus, cuando sin darme cuenta, la vida era mucho más sencilla.


Después de volver a caminar, meses después, descubrí que tampoco podía trotar. En cuanto intentaba acelerar el paso, las piernas se convertían en plastilina. Aquella sensación me provocaba náuseas y, además, la inestabilidad me aterraba. Un combo maravilloso.


Después del ictus tenía la mejor excusa del mundo para rendirme. Nadie me habría juzgado por hacerlo. Pero había hecho una promesa en una cama de hospital y no pensaba romperla.


Lo hablé con Óscar, de Neurem. Fue una de las primeras personas que me ayudó a perseguir ese sueño. Empezamos poco a poco hasta que un día salimos a la acera y di mi primer trote. Igual fueron cincuenta metros. Pero casi me pongo a llorar.


Así que decidí intentarlo todo. Salí con mi sobrina a correr mi primer kilómetro. Pasé los tres días siguientes metida en la cama por la fatiga y un agotamiento desmedido. El ictus es muy traicionero y aquello fue demasiado para un cerebro que todavía seguía recuperándose. Óscar me propuso reajustar el plan: trotar un minuto, caminar otro minuto y repetir. Como cualquier principiante. Mi cerebro, por fin, parecía estar de acuerdo con ese método. Me cansaba muchísimo, pero esta vez era un agotamiento soportable. Descansaba y notaba la recuperación. Eso lo cambiaba todo.


Un kilómetro. Dos kilómetros. Tres. Poco a poco todo fue mejorando y, cuando me quise dar cuenta, ya trotaba sin descansos. Meses después crucé la meta de mi primera carrera de cinco kilómetros. A ocho minutos el kilómetro, sí. Pero la crucé.


No soy la más rápida. Ni falta que hace. Ya he entendido que mi nueva condición física tiene algunos límites, pero no voy a permitir que esos límites decidan por mí. Sigo corriendo, aunque sea un trote lento. Esa ya no es una excusa para dejar de hacerlo. Mi salud está en mi lista de prioridades y, además, sigue ocupando el primer lugar.


Y si has sufrido un ictus, mi consejo es que intentes no compararte con tu yo de antes. Es muy difícil no hacerlo pero es que esa comparación casi nunca juega a tu favor. Compárate con tu yo de ayer e intenta dar un pasito más cada día. Y felicítate por intentarlo, aunque casi no notes el progreso. Porque, aunque a veces no lo parezca, los grandes cambios empiezan con pasitos muy pequeños.


Hayas sufrido una percance de salud o no, nunca tires la toalla con tus objetivos. Quizás no puedas cambiar tu pasado, ni volver a ser exactamente la persona que eras antes. Pero sí puedes intentar ser, cada día, una mejor versión de ti mismo. Aunque no veas resultados inmediatos, pero ¿no es peor no intentarlo?.


Las excusas están mucho más presentes de lo que creemos. «El lunes empiezo a hacer ejercicio». «Después de las vacaciones me pongo a comer sano». «Ahora no tengo tiempo». Antes de creerlas, pregúntate una cosa: ¿eso es realmente verdad... o solo es una excusa más?

Entradas recientes

Ver todo
¿Ya estás bien, no?

Recuperarse de un ictus es un misterio. No hay una evolución clara, nadie sabe cómo vas a mejorar y, lo que es peor, muchísima gente pone en tela de juicio lo que te pasa. Y esta preguntita es tan fre

 
 
 
Medallas invisibles

Una mañana, como tantas otras, fui a dar un paseo por Castrelos. Había pasado un par de meses desde el ictus y decidí que era hora de enfrentarme a las escaleras. Me aterrorizaban. Había recorrido aqu

 
 
 
Nada te prepara para la vuelta a casa

Nada te prepara para la vuelta a casa después de un ictus. Nadie te explica el shock que supone volver a tu casa esperando encontrar tu hogar de siempre y descubrir que quien ya no es igual eres tú. Y

 
 
 

Comentarios


bottom of page