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Nada te prepara para la vuelta a casa

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 24 may
  • 5 min de lectura

Nada te prepara para la vuelta a casa después de un ictus.


Nadie te explica el shock que supone volver a tu casa esperando encontrar tu hogar de siempre y descubrir que quien ya no es igual eres tú. Y que ahora, además, es posible que seas dependiente. En el mejor de los casos, unos meses, como me pasó a mi.


Recuerdo salir del hospital y llegar a casa. Habían pasado tres semanas desde el ictus. Yo avanzaba con mi andador, aquella pesadilla con ruedas que odiaba profundamente, moviéndome despacio y apoyándome constantemente en paredes, mesas o cualquier cosa que tuviese cerca para no perder el equilibrio.


Volver a mi piso fue devastador. En el hospital todavía vives dentro de una especie de burbuja extraña, rodeada de fluorescentes, terapeutas y personas rotas de alguna manera. Pero al regresar a casa, la realidad te golpea sin piedad.


Tuve una visión extrañísima. Como si mi piso se hubiese convertido en el escenario de una obra de teatro y yo estuviese viendo aparecer a mi antigua versión entrando y saliendo constantemente.


Dinámica. Viva. Rápida. Capaz de llegar a todo.


La veía haciendo recados, cogiendo la bici, saliendo arreglada con prisas, respondiendo llamadas, llegando tarde a todas partes. Viviendo. La veía pletórica, feliz, sonriendo porque la vida por fin le había permitido cumplir su sueño: tener un restaurante.


Me dejé caer en el sofá y rompí a llorar.


Aquella versión enferma, pálida y desmejorada salida del hospital, mal peinada porque el brazo izquierdo no ayudaba demasiado, lenta, torpe, débil, mareada y agarrándose a cualquier superficie para no caer… ¿quién era?


Dediqué unos largos minutos a autocompadecerme entre sollozos mientras mi familia me miraba en silencio, sin saber muy bien qué decir para animarme. Después me limpié las lágrimas, me levanté y con ayuda del andador avancé hasta la cocina lo más dignamente que pude para preparar cafés para toda mi familia.


Mi familia me miró sorprendida. No trataron de impedírmelo. Pero recuerdo perfectamente que me preguntaron:


—¿Estás segura?


Y la verdad es que no lo estaba.


Pero tenía miedo de quedarme hundida en aquella desesperación si no empezaba a moverme y a intentar hacer cosas por mí misma. Así que decidí que cada día iba hacer lo posible con lo que aún me quedaba, sin dejarme arrastrar constantemente por todo lo que había perdido.


Aunque solo fuese preparar unos cafés. Y con ayuda, agarrándome a la encimera o al andador, con movimientos lentos y descoordinados, lo conseguí.


Tardé media hora.


Pero los hice.


Aunque tenía muchísimas ganas de volver a mi casa, nadie me había preparado para aquel shock. El alta hospitalaria te deja completamente perdido. Sales del hospital sin garantías, sin certezas, con mil síntomas distintos y sin entender todavía qué es lo que acaba de pasarle a tu vida. Porque nunca piensas que algo así te vaya a pasar a ti.


Y tu familia también está desubicada intentando adaptarse a esa nueva realidad.


Siempre he pensado que hay algo bastante cruel en el alta tras un ictus. Como si de repente te soltaran de nuevo en tu vida, igual que a esos animales heridos que devuelven a la selva antes de tiempo.


Hala, a recuperarte.


Pero la vida a la que regresas ya no se parece a la que dejaste. Y tú apenas eres capaz de entender nada todavía. Estás perdido, asustado y tremendamente frágil.


Y aunque poco a poco van dejándote caer avisos, consejos o indicaciones sobre la vuelta a casa, la realidad es que tú todavía no entiendes del todo en qué se ha convertido tu vida.


A esas alturas yo todavía no tenía capacidad para permanecer de pie en la ducha, ni siquiera agarrándome a nada. En el hospital tenían que ducharme sentada en una cosa horrible que se llamaba “el cómodo”. Una especie de silla de ruedas de plástico con agujeros por todas partes para que el agua saliese. Os puedo asegurar que que tengan que ducharte es, cuanto menos, deprimente.


Recuerdo el disgusto terrible que me llevé cuando la terapeuta ocupacional me recomendó comprar una silla para la ducha adaptada para minusválidos.


Yo me quedé mirándola en silencio.


Una silla adaptada.


Para mí.


Noté literalmente la sangre helándose en mis venas. A ver si ella sabía algo que yo no.


Y recuerdo contestarle con la voz completamente partida:


—Pero… ¿es que no voy a mejorar?


Y ella me respondió con total naturalidad:


Bueno, si mejoras, siempre la puedes vender por wallapop.


Ay, las palabras. Cómo pueden destrozarte por dentro sin que la otra persona siquiera se dé cuenta. “Si mejoras”.


Aquellas dos palabras se colaron por las grietas de toda mi voluntad férrea de recuperación e hicieron germinar algunos de los miedos más profundos que os podáis imaginar.


Todo por una silla. Una silla que me negué a comprar. Porque para mí no era solo una silla. Me parecía una sentencia. La confirmación de que quizá aquella nueva versión lenta, torpe y dependiente de mí había venido para quedarse.


Minusválida.


Y si mejoraba, siempre me quedaría wallapop.


Al día siguiente de llegar a casa, aprovechando un descuido de mi madre, entré renqueando en el baño y pensé:


—¿Tú no eras escaladora? Demuestra que dentro de ti aún eres valiente.


Así que me dejé caer al suelo como me habían enseñado en rehabilitación y, desde la alfombrilla del baño, escalé muerta de miedo los cuarenta y cinco centímetros de altura de mi bañera. Desde fuera aquello seguramente parecía ridículo. Yo agarrándome como podía, lentísima, temblando y calculando cada movimiento como si estuviese escalando el Everest.


Mi cerebro estaba totalmente aterrorizado con el vértigo, mis piernas no tenían fuerza y mi descoordinación a aquellas alturas era tan grave que ni un aplauso sabía dar. Agarrándome como si me fuese la vida en ello, con el brazo maltrecho y el cerebro echando humo, conseguí pasar una pierna al otro lado del abismo: mi bañera.


Cuando conseguí entrar, me senté dentro orgullosísima de mí misma y llamé a mi madre. Pegó un grito al verme allí sentada.


Pero nada podía ocultar mi orgullo.


—¿Ves? Puedo ducharme aquí sentadita.


Y así fue como nunca llegué a comprar la silla.


Por suerte, mi evolución fue muy favorable y en menos de tres meses dejé de ser dependiente. Pero a veces pienso que en algún otro multiverso hay una Marian usando aquella silla cada día. Y pensar en esa otra versión de mí misma me pone los pelos de punta.


El otro escenario de un ictus.


Pobre de mi madre. Desde mi ictus no salía de un susto para meterse en otro conmigo. Y los meses que le esperaban. Escuchándome cada día:


Mira mamá, mira lo que hago hoy.


A mis cuarenta y ocho años. Un ictus puede cambiarte la vida. Y también la de toda tu familia.


A veces para siempre.


Yo tuve la suerte de vivir solo un tráiler. Y aún así fueron meses durísimos.


Milagrosamente, mi madre sobrevivió a mis aventuras post-ictus.


Y yo aprendí que algo tan simple como ducharte de pie puede hacerte sentir tremendamente afortunada.

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