MEDALLAS INVISIBLES
- Marian Rodríguez

- 29 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 abr
Cuando un suceso traumático te frena, todo adquiere dimensiones nuevas. La vida se detiene y te quedas ahí, congelado y desconcertado, intentando diseñar un nuevo presente. Es verdad eso que dicen: no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. Yo no era consciente de lo feliz que era hasta que el ictus me arrebató mi vida. Bueno, mi vida no, por suerte.
Pero sí la vida que yo conocía. Y mi trabajo. Y muchos de mis sueños.
Ya os he contado que, dentro de su tremenda gravedad, mi ictus siempre tuvo una evolución muy favorable. Pero favorable no significa fácil. Fue terrible tener que volver a aprender a hacer cosas tan cotidianas e interiorizadas que ya no las valoras en absoluto.
Yo había perdido muchísimas capacidades relacionadas con la coordinación y el equilibrio, y tuve que reaprenderlas casi de cero. No os podéis imaginar cuántas cosas fueron: caminar, agacharse, saltar, correr, sentarse en una silla, dar un aplauso, ducharse de pie, subir y bajar escaleras y rampas, botar una pelota…
Era una lista infinita.
Fueron meses muy duros de rehabilitación y esfuerzo continuo, pero, sorprendentemente, descubrí que algo había cambiado en mí después del ictus: mi diálogo interior. Por fin, algo positivo dentro de todas aquellas terribles novedades. Ya no gestionaba mi nueva vida con la autoexigencia anterior al ictus. Tampoco podía, claramente. Todas mis capacidades estaban terriblemente mermadas.
Mi rendimiento era precario así que el perfeccionismo tuvo que ser descartado. Y la presión se desvaneció. Eureka. Ahora era mucho más amable conmigo misma y celebraba cada logro que conseguía, por pequeño que fuese.
Eso era justo lo que me habían recomendado en rehabilitación para mantener la cordura; abrazar cada mínimo avance. Porque además la mejoría no es lineal, es un pasito para adelante y de repente dos pasitos para atrás. Desquiciante.
Aún así lograba mantener el ánimo y enfrentarme al día siguiente con orgullo y con la esperanza de poder celebrar nuevas victorias. Quizás suene a tontería, pero al mes de tener el ictus me inventé un truquito infantil que me ayudó muchísimo. Lo llamé así: las medallas invisibles. Me regalaba a mí misma estos galardones imaginarios muchas veces solo por intentar hacer algo, aunque no terminase ejecutándolo con éxito.
Era mi manera de felicitarme por mi esfuerzo diario.
Y, aunque los demás no pudiesen verlas, para mí tenían un valor enorme. Porque quizás solo yo sabía lo complicado que resultaba acometer cada nuevo día con daño cerebral.
Es muy difícil convivir con un cuerpo que no te responde.
Te levantas y no sabes cómo andar. Te destroza psicológicamente, pero tienes que reponerte cuanto antes y seguir intentándolo. Cada día.
Una mañana, mientras trataba —sin mucho éxito— de subir y bajar escalones con un esfuerzo desmedido, y sin que la gente a mi alrededor pudiese percatarse de la pelea silenciosa entre mi cerebro y mis piernas, me puse a pensar en la cantidad de luchas que estarían viviendo otras personas en todo el mundo.
Ojalá todas ellas supiesen lo orgullosas que deberían estar solo por el hecho de levantarse cada día y seguir. Ojalá se hubiesen inventado algún truquito como el mío de las medallas invisibles. Porque cuando la vida se complica, hay que ser valiente y seguir viviendo. Y tendrás que buscar dentro de ti una fortaleza que, aunque no lo sepas, siempre ha estado ahí.
Lo más fácil es girar la cabeza hacia otro lado y pensar que quizás tienes un salvoconducto mágico que evitará que algo malo te suceda. Pero no es así. A veces es importante saber que la vida tiene esta dualidad y que todo puede cambiar en un segundo, y que hay que estar preparado para, con lo que tengas en ese momento, conseguir el mejor resultado posible. Ser consciente de esto no debería deprimirte. Al contrario: puede ayudarte a disfrutar más de cada momento de felicidad que tengas y a entender que de eso se trata la vida.
Los meses pasaron y yo no dejé de ponerme medallas. Es más, sigo estando muy orgullosa de todo lo que conseguí y de todo lo que sigo consiguiendo. Porque el daño cerebral es muy complejo y, cuanto más avanzas, menos apreciable se vuelve para los demás, pero no para ti.
Según avanzaba mi rehabilitación mis limitaciones eran cada vez más sutiles, pero terriblemente incómodas a lo largo de todo el día; lentitud, torpeza, desequilibrio, pérdida de fuerza y un largo etcétera. A veces tu entorno no podrá entenderte. No esperes que los demás valoren un esfuerzo que, en muchas ocasiones, es tan invisible como tus propios síntomas.
Mi consejo es que sea tu propio discurso interior positivo el que te acompañe en cualquier proceso de curación o superación. Háblate con cariño y valora la lucha que mantienes, sea cual sea.
Sé que no nos gusta dedicar tiempo a pensar en desgracias, y menos ajenas, pero lo más normal es que conozcas a alguien cercano que esté pasando por un momento terrible. O quizá seas tú.
De verdad que estás siendo muy valiente. Aún con tus días malos.
Te mereces una medalla, aunque sea invisible. Aunque solo la veas tú.
