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Medallas invisibles

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

Una mañana, como tantas otras, fui a dar un paseo por Castrelos. Había pasado un par de meses desde el ictus y decidí que era hora de enfrentarme a las escaleras. Me aterrorizaban.


Había recorrido aquellas escaleras de piedra muchas veces a lo largo de mi vida. Incluso había subido y bajado por ellas sin prestarles la menor atención. Incluso de noche yendo a cientos de conciertos. Pero después del ictus parecían imposibles.


Recuerdo avanzar despacio, concentrada en cada movimiento, mientras la gente pasaba a mi lado sin darse cuenta de nada. Nadie podía ver la pelea silenciosa que estaba teniendo lugar entre mi cerebro y mis piernas. Y fue allí, en aquellas escaleras, donde pensé en todas las batallas invisibles que estarían librando otras personas.


Quizás os parezca infantil, pero durante mi rehabilitación me inventé un pequeño truco que me ayudó muchísimo. Lo llamé las medallas invisibles. Me las concedía cada vez que conseguía algo. Y muchas veces simplemente por intentarlo. Porque cuando la vida se complica, descubres que hay victorias que nadie más ve.


Yo no era consciente de lo feliz que era hasta que el ictus me arrebató la vida que conocía. Mi restaurante. Muchos de mis sueños. Y la certeza de que al día siguiente podría seguir haciendo cosas que había hecho toda la vida sin pensar.


Dentro de su tremenda gravedad, mi ictus tuvo una evolución muy favorable. Pero favorable no significa fácil. Tuve que reaprender cosas tan básicas que jamás imaginé que pudiera olvidar. Caminar, agacharme, correr, subir escaleras, mantener el equilibrio, ducharme de pie, dar un aplauso o incluso botar una pelota. Era una lista interminable.


Fueron meses muy duros de rehabilitación y esfuerzo continuo. Pero ocurrió algo inesperado. Mi diálogo interior cambió. Por primera vez en muchos años dejé de exigirme perfección. No porque me hubiera vuelto más sabia, sino porque ya no podía. Mis capacidades estaban terriblemente mermadas y mi rendimiento era precario. El perfeccionismo dejó de tener sentido y, curiosamente, con él desapareció gran parte de la presión.


Empecé a hablarme con más cariño. A celebrar cada pequeño avance. A sentir orgullo por cosas que antes habría considerado insignificantes. Eso era precisamente lo que me recomendaban en rehabilitación: celebrar cada progreso. Por pequeño que fuese.


Porque la recuperación no es lineal. Das un paso adelante, dos atrás y vuelves a empezar. Hay días desesperantes, pero también hay días en los que descubres que puedes hacer algo que ayer parecía imposible. Y esos días merecen una celebración, aunque sea pequeña y aunque nadie más la entienda.


Por eso nacieron mis medallas invisibles. Porque a veces el verdadero éxito no consiste en conseguir algo. Consiste en volver a intentarlo. En levantarte. En seguir. En no rendirte.


Con el tiempo mis limitaciones se volvieron menos evidentes para los demás, pero seguían ahí. La lentitud, la torpeza, el desequilibrio, la pérdida de fuerza y un largo etcétera. Muchas secuelas son invisibles. Y también lo es el esfuerzo que haces para convivir con ellas. Por eso aprendí algo importante: no esperes que los demás valoren una lucha que no pueden ver. Hazlo tú.


Sé que no nos gusta pensar en las desgracias. Preferimos creer que siempre les ocurren a otros. Pero la vida puede cambiar en un segundo. O, a veces, simplemente toca enfrentarse a algo muy difícil. Y cuando pasa, descubres una fortaleza que ni siquiera sabías que tenías. No te conviertes en un superhéroe. Pero casi. Porque te enfrentas a cosas que nunca imaginaste que serías capaz de vencer.


Si estás atravesando un momento difícil, sea cual sea, quiero que sepas algo. Aunque tengas días malos. Aunque estés cansado. Aunque sientas que avanzas demasiado despacio. Estás siendo más valiente de lo que crees.


Te mereces una medalla.


Aunque sea invisible.


Aunque solo la veas tú.


Y si conoces a alguien que necesite saber hoy lo fuerte que está siendo, envíale esta medalla.


Es invisible, pero también lo es el amor.

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