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Y apareció el daño cerebral adquirido.

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 6 may
  • 4 min de lectura

Este post lo escribí 11 meses después de mi ictus. No hablo por otras personas. Esta fue mi experiencia. Fue uno de esos días malos —que hay muchos durante una rehabilitación—. No todo es motivación y positivismo. Los días difíciles aparecen y a veces, son los más importantes. Se superan y sales un poco más fuerte.


A día de hoy, casi dos meses después, me siento mejor. Aún noto muchas sensaciones, pero la vivencia ha dejado de ser tan insoportable… o quizá me haya acostumbrado a algunas cosas y ya forman parte de mí. No lo sé.


Lo comparto porque quiero que entendáis que el daño cerebral puede ser demoledor. Otro de los peligros del ictus. Y eso que mi caso es un escenario favorable. Y aún así, me sentí abatida muchos días.


Y también porque sé —por mi propia experiencia— que, a veces, poner en palabras lo invisible ayuda a otras personas a entender que no están solas.


No sabes lo que es un daño cerebral hasta que lo sufres.


Durante meses lo sentí dentro de mí como algo ajeno, como si tuviera vida propia. Era físico y mental. No se iba nunca. Estaba ahí todo el día, desde que me despertaba hasta que me acostaba. Al principio no fui del todo consciente del daño —sufrí anosognosia, os lo contaré en otro post—. Pero, según fue bajando la inflamación cerebral y fui recuperando capacidades, ocurrió algo inesperado. Pude entender todo lo que me estaba pasando. Y lo sentí. Porque lo más difícil no fue volver a caminar.


Fue entender que ya no era la de antes. Y que el futuro, que parecía tan favorable, se había vuelto incierto.

Os dejo con mi post.

El daño cerebral no se parece a nada. Es algo que te habita, que te cambia y que a veces, se queda. Con el tiempo se ha ido desdibujando —si antes era un óleo, ahora es más bien una acuarela—, pero sigue dentro de mí.


Por eso me molesta que se compare con otras dolencias. Porque esto no se explica, se vive. Aunque lo sientas en el cuerpo, sabes que el problema está en el cerebro. Y cuando alguien lo pone en duda, duele. Porque yo sé lo que ha hecho esta pequeña cicatriz cerebral. En el TAC es solo una mancha. Pero cambia cómo se siente todo.


El daño cerebral no es solo lo que se ve, es también lo que pasa por dentro. Es que tu cerebro deja de hacer lo que siempre hizo. Lo automático desaparece y todo se vuelve manual. Y cansa.


Es querer hacer algo y que tu cuerpo no responda como antes. Es golpearte con el marco de una puerta una y otra vez con el mismo hombro. Es no poder soportar dos conversaciones a la vez. Es acostumbrarte a una fatiga insoportable y repentina que aparece por una cosa distinta cada vez. Es decir que no a planes sencillos porque sabes que mañana lo vas a pagar. Es sentirte bien un día y al día siguiente sentir que vuelves hacia atrás. Es cansarte sin entender por qué, saturarte antes, sentir que todo pesa más.


Puede ser que te molesten los ruidos, las luces, la gente, la vida.


Pero nadie lo entiende.


Y todo se llena de consejos que no te sirven cuando tienes daño cerebral.


Te acostumbras a convivir en silencio con sensaciones nuevas. Un trayecto en bus que se convierte en una montaña rusa. Ese inexplicable malestar cada vez que haces algo nuevo. Que montar un mueble de Ikea te parezca un proyecto de ingeniería. Ese desequilibrio al vestirte cada mañana. Náuseas en altura. Agacharte y caerte. Tropezar con cada escalera. Un brazo que no sientes tuyo. Y una mano que acierta.....de vez en cuando. Y compensas con humor todo lo que te pasa.


Los días buenos.


Los malos, solo te preguntas por qué y añoras una normalidad que no sabes si volverá algún día.


Y cosas que nunca se hablan, porque son tabú. Durante meses sentí mi sexualidad cerrada con llave. Y aún no la siento del todo mía.


Vas más despacio en un mundo que no frena. Tienes que reaprender todo lo que antes hacías sin pensar. Vivir de otra manera.


Es adaptarte a vivir una nueva vida que no elegiste.


Es tener una cicatriz que no se ve, pero que lo cambia todo. Que rompe caminos y obliga al cerebro a buscar otros: más largos, más lentos, menos eficientes. Y aun así, caminos por los que tienes que ir.


Me he preguntado muchas veces cómo algo tan pequeño pudo cambiarlo todo. Hasta el punto de no reconocerme.


Y aunque desde fuera no se note, por dentro sabes que algo no va bien.


No puedo hablar por otros casos. Pero yo sé diferenciar perfectamente lo psicológico de lo que me provoca esta cicatriz. Por eso, cuando alguien me dice que no se me nota nada, o menosprecia lo invisible, o me dice que es un trauma, siento un pinchazo. Y solo pienso: ojalá yo pudiera ser la Marian de antes, ojalá. Ojalá me lo estuviera imaginando.


Y respiro.

Y bajo la mirada.

Y me rindo.


Porque cómo explicarles lo que se siente, si no lo entenderán jamás.


Porque si pudieras estar un momento en mi mente y sentir lo que aún hay ahí dentro, lo entenderías. El daño cerebral no desaparece solo porque no se vea. Y mi sufrimiento también es invisible.


No es solo el ictus. Es lo que queda. Lo que cambia. Lo que aprendes a sostener. Es el duelo por quién eras.

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