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Cómo recuperé el amor por la cocina

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 25 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 2 días

Desde que tengo memoria, creo que siempre he querido cocinar. De pequeña, cuando me tocaba quedarme enferma en cama, pasaba horas hojeando la Larousse de la Cocina de mi madre. Una y otra vez. No sé si era una afición muy normal para una niña, pero ahí estaba yo, leyendo recetas como quien lee cuentos.


En cuanto me dejaron trastear un poco por la cocina, empecé a dar mis primeros pasos gastronómicos. Con el tiempo me convertí en profesora de cocina y trabajé en ello casi quince años. Pero los fogones me atraían como el canto de una sirena. Así que, después de darle muchas vueltas y valorar los pros y los contras, decidí lanzarme de lleno a mi verdadera pasión: crear cartas y platos nuevos. Trabajé como chef para diferentes empresas y entidades y terminé participando en la apertura de nuevos proyectos gastronómicos.


Me apasionaba tanto que solo tenía un sueño: abrir mi propio restaurante. Y nació Acendra, mi pequeño restaurante, mi pequeño tesoro. Era el lugar donde, por fin, podía crear todo lo que se me ocurriera sin que nadie me pusiera límites. Para un cocinero, eso es parecido a tocar el cielo.


Hay un dicho que dice: «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». Y a mí me esperaba un giro de guion. El Viernes Santo, 18 de abril de 2025, sufrí un ictus muy grave.


Resumiendo mucho una historia que ya he contado en otros artículos, sobreviví. Pero recuperarme fue bastante más complicado de lo que imaginaba. Cuando sufres un daño cerebral, muchas de las cosas que dabas por sentadas cambian de una forma profundamente desconcertante. Lo curioso es que, al principio, ni siquiera eres consciente de ello. Yo estaba demasiado ocupada intentando volver a caminar, dejar de temblar constantemente y recuperar un mínimo de normalidad como para darme cuenta de los cambios más profundos.


Y hubo muchas cosas que tardé meses en descubrir. La primera vez que volví a entrar en mi restaurante fue una experiencia difícil de explicar. Era como visitar la casa de otra persona, o entrar en un lugar que sabía que conocía pero que, al mismo tiempo, no reconocía. Sentía que jamás había estado allí. No podéis imaginar el desconcierto que supone mirar un lugar que has creado tú misma y pensar: «¿De verdad hice yo todo esto?». Todo me resultaba ajeno.


Mi recuperación se alargó muchísimo. Con el paso de los meses tuve que aceptar una decisión que jamás imaginé tomar. Como no podría volver a trabajar durante al menos un año, tuve que traspasar Acendra. Fue entonces cuando comprendí que no solo había perdido mi restaurante. También había perdido la vida que había construido alrededor de él.


Y entonces empezó a rondarme una pregunta que no sabía responder: si yo siempre me había sentido cocinera... ¿ahora qué era? Bueno, descubrí que era Marian, la persona, que ahora tendría que recuperarse y reencontrarse. La persona y el personaje de cocinera no eran exactamente lo mismo. Pero eso lo descubrí más adelante. La persona estaba un poco abandonada y hubo que cuidarla bien para que se recuperase. Uno de los peros de que te apasione un trabajo es que puedes perderte en él. Y si lo pierdes, no sepas bien quién eres.


En algunas personas, un ictus produce una especie de reseteo cerebral. No le ocurre a todo el mundo, pero a mí sí. Y durante muchos meses sentí que no era exactamente yo.


Pero no nos vayamos por las ramas. ¿Dónde estaba mi ilusión por cocinar?


Cocinaba en casa sin ganas y apática. Los médicos me habían puesto una dieta bastante estricta porque, cuando has tenido un ictus, dejan poco espacio para la negociación. Dieta mediterránea, bajo en sal, adiós grasas trans, hola grasas saludables... y un montón de cosas fuera.


Y, para colmo, yo tenía un hambre descomunal.


Así que hice lo más sencillo. Empecé preparando recetas muy básicas siguiendo las recomendaciones dietéticas. Platos que me ayudaran a saciarme y a controlar mi alimentación. Durante muchos meses practiqué una auténtica cocina de supervivencia: airfryer, plancha, verduras al vapor, arroz cocido, pollo con espárragos, pescado con brócoli, más arroz... y vuelta a empezar.


Funcionaba, porque además con el hambre que tenía, yo sólo quería mantenerme saciada. Pero colesterol e hipertensión tenían que ser erradicados., así que aquello empezó a ser un poco espartano. Poco a poco empecé a notar que faltaba algo. Faltaba emoción. Faltaba creatividad. Aquello era terriblemente monótono. Y aburrido.


Y entonces mi niña interior, la de la Larousse, dijo:


—Oye... que sigo aquí. Déjame a mí.


A medida que avanzaba mi recuperación, y también gracias a la terapia que me ayudó a entender que la vida seguía, decidí darle una oportunidad a cosas que siempre me habían gustado, escribir, cocinar..... y volvió a mi la creatividad.


Poco a poco, casi sin darme cuenta, recuperé una parte de mí que creía perdida. Como si mi pasión hubiera necesitado encontrar un propósito diferente para volver.


He entendido que Marian debe ser la persona, y no una cocinera, sin eso, reencontrarme fue difícil, pero lo hice. Cocinar para cuidarme fue uno de los primeros paso para recuperar el germen de cocina. Y además, descubrí que la cocina saludable también puede ser versátil. Y coherente con mi nueva vida saludable, que poco a poco, empezaba a gustarme más.


Empecé este blog como parte de mi terapia. Escribir siempre me había ayudado a ordenar mis pensamientos y, después del ictus, sentí la necesidad de contar mi experiencia. Pensé que, si mi historia podía ayudar aunque solo fuera a una persona, ya habría merecido la pena.


Al mismo tiempo, fui compartiendo las recetas que preparaba para cuidarme. Poco a poco empezaron a llegar mensajes pidiéndome platos, ideas y versiones más saludables de recetas de siempre. También personas que me agradecían encontrar recetas sanas, fáciles y ricas.


Y, casi sin darme cuenta, nació la segunda parte del proyecto.


Después del ictus se convirtió en dos caminos que avanzan de la mano. Este blog, donde comparto mis vivencias, mis pensamientos y mis aprendizajes en este complicado viaje después del ictus. Y en Instagram (ver aquí) comparto esa nueva forma de cocinar. Receta a receta, rodeada de personas que creen, como yo, que cuidar la salud no está reñido con disfrutar de la comida.


Escribir me ayudó a sanar.


Pero cocinar también.





 
 
 

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