top of page

Empatía ¿qué es eso?

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 21 jun
  • 5 min de lectura

Cuando te pase algo malo descubrirás una verdad incómoda: la empatía es escasa.


Antes de sufrir el ictus yo también pensaba que la mayoría de las personas eran empáticas. Creía que, cuando alguien atravesaba una situación difícil, quienes le rodeaban intentaban comprender su dolor, acompañarlo y ayudarlo de la mejor manera posible. Pensaba que era algo natural. Después descubrí que una cosa es sentir pena por alguien y otra muy distinta es convivir con el sufrimiento ajeno.


Durante la segunda semana después de mi ictus empecé a utilizar el teléfono. Todavía no podía mantener conversaciones largas. Las llamadas me agotaban, me alteraban y me costaba horrores concentrarme. Y aunque lo explicaba claramente, hubo personas que me llamaban para contarme sus problemas.


Sus problemas.


Justo en aquel momento.


No creo que hubiese maldad. Creo que muchas personas simplemente no saben qué hacer cuando alguien cercano está atravesando una situación difícil. Durante mi recuperación escuché todo tipo de comentarios. Algunos nacían de la buena intención, estoy segura. Otros eran fruto de la incomodidad. Muchas personas parecían necesitar explicarme que todo iba a salir bien, que tenía suerte de estar viva o que debía centrarme en el lado positivo y que no era el momento de ver el vaso medio vacío. Lo que pocos entendían era que, en aquel momento, yo no necesitaba lecciones de optimismo. Necesitaba que se reconociese que lo que estaba viviendo era una pesadilla. Creo que esa es una etapa importante. Primero hay que atravesar el miedo, la tristeza, la rabia o la incertidumbre. Después llega la aceptación. Y solo entonces puedes empezar a reconstruir tu vida de la mejor manera posible.


Vivimos en una sociedad que tolera muy mal el sufrimiento. Nos gusta pensar que todo tiene solución, que todo ocurre por alguna razón y que cualquier experiencia negativa acabará convirtiéndose en una oportunidad de crecimiento personal. Son ideas reconfortantes, pero tienen un problema: muchas veces se utilizan para evitar mirar de frente el dolor de otra persona.


Resulta mucho más fácil decir "todo pasa por algo" que sentarse junto a alguien que está asustado, cansado o perdido y aceptar que no podemos arreglar lo que le está ocurriendo. Resulta más cómodo repetir frases aprendidas que reconocer que la vida puede cambiar de un día para otro, sin pedir permiso y sin ofrecer explicaciones. El positivismo tóxico tampoco deja espacio para el sufrimiento. Parece que hay que aceptar, aprender y seguir adelante cuanto antes. Pero llorar también hace falta a veces. Y hablar de lo que te da miedo. Porque miedo también se pasa. Mucho. Al menos en mi caso.


Lo que más me sorprendió después del ictus fue descubrir hasta qué punto incomoda la vulnerabilidad. Algunas personas necesitaban encontrar rápidamente una explicación, una comparación o una frase positiva que les permitiera alejarse de una realidad que les resultaba inquietante. Y ojo que no hablo de compasión, eso es algo que yo creo que ningún enfermo quiere.


Con frecuencia escuchaba comparaciones absurdas. Si hablaba de la fatiga, alguien me decía que también estaba cansado. Si comentaba problemas de memoria, aparecía quien aseguraba que a él también se le olvidaban las cosas. Si hablaba de vértigos o dificultades para caminar, siempre había alguien dispuesto a relativizar la situación. Nunca entendí muy bien qué pretendían conseguir con ello. Supongo que pensaban que me harían sentir mejor. Sin embargo, el efecto era el contrario.


Y eso que yo trataba siempre de sonreír, salir a la calle aunque no pudiese andar, hacer las cosas de casa a trompicones porque me habían dicho que volver a tu "vida normal" era lo mejor para recuperarte cuánto antes. Ah, pero eso no quita el horror de ver que de un día para otro, el ictus se ha apoderado de tu cuerpo y de tu mente y las cosas más básicas se han vuelto imposibles.


Para mí, los tres primeros meses fueron terriblemente surrealistas. Sentía que mi cuerpo estaba desconectado de mi cerebro. Y os aseguro que aquello tenía algo de castigo cósmico. Porque cuando tu cuerpo deja de obedecerte y tu vida cambia de un día para otro, hay momentos en los que solo puedes hacerte una pregunta:


¿Por qué a mí?


A todo el mundo le sorprendió cómo gestioné el ictus. Nunca falté a una sesión de rehabilitación. Me esforcé cada día. Intenté mantener el ánimo y seguir adelante incluso cuando las cosas se pusieron muy difíciles.


Pero una cosa no quita la otra.


Porque puedes ser fuerte y, al mismo tiempo, necesitar que alguien reconozca tu sufrimiento. Puedes seguir luchando y seguir teniendo miedo. Puedes sonreír y seguir pasándolo mal. A veces solo necesitas que alguien empatice contigo.


Aunque sea un ratito.


Cuando alguien minimiza tu sufrimiento, aunque lo haga sin mala intención, acabas sintiéndote más solo. Y la verdad, tampoco culpo a la gente. Creo que entender qué te pasa por la cabeza durante un ictus sólo lo puede hacer quien lo haya vivido. Y ni siquiera así, porque todos son distintos. Pero os aseguro que son vivencias desgarradoras.


Con el tiempo comprendí que la empatía no consiste en encontrar las palabras adecuadas. Tampoco consiste en animar constantemente ni en buscar el lado bueno de todo. La verdadera empatía es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más difícil. Consiste en hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro, aunque sea durante unos instantes.


Recuerdo especialmente a mi amigo Eduardo. Durante mi ingreso me acompañó diariamente por los pasillos del hospital mientras yo intentaba volver a caminar. Arrastraba el andador, avanzaba con una lentitud desquiciante y luchando contra aquel vértigo constante. En un momento dado me miró y me dijo:


—Es increíble la fuerza de voluntad que tienes. Yo creo que me pasa a mí y me pego un tiro.


Le sonreí y le dije:


—Hombre, gracias.


Y los dos nos echamos a reír.


Pero, por dentro, me reconfortó que entendiese la valentía que necesitas para seguir adelante después de un ictus. Cada día. Seguir intentándolo sin certezas. Y seguramente, si a él le hubiese pasado, habría reaccionado como yo. Nadie conoce realmente su fortaleza hasta que la vida te pone a prueba. Pero entendí perfectamente lo que quería decir. No estaba intentando quitarle importancia a lo que me ocurría. No estaba buscando una frase bonita. No estaba tratando de convencerme de que todo iría bien. Estaba intentando ponerse en mi lugar.


Y el horror le superó.


Y aquella frase, tan poco correcta y tan poco elegante, me ayudó mucho más que todos los discursos optimistas que escuché durante aquellos meses. Porque la empatía no consiste en decir lo adecuado. Consiste en comprender el dolor del otro, aunque sea durante un momento.


Recuerdo con especial cariño a las personas que fueron capaces de hacerlo. Algunas apenas hablaban. Muchas amigas simplemente aparecieron y sus ojos brillantes me lo dijeron todo. Mi familia estuvo a mi lado durante todo el proceso e incluso la parte madrileña se hizo un viaje express que nunca olvidaré.


Después del ictus aprendí muchas cosas sobre la recuperación, pero también aprendí algo sobre las personas. Aprendí que la empatía es mucho más valiosa y mucho más escasa de lo que solemos creer. Aprendí que hay personas que no saben sostener. No todo el mundo sabe acompañar cuando las cosas se ponen difíciles.


A esas personas no las quiero en mi equipo.


Porque para comprender de verdad el dolor de otra persona primero tenemos que aceptar una realidad incómoda: lo mismo podría pasarnos a nosotros. Quizás por eso la empatía es tan escasa. Porque para ponerse de verdad en el lugar del otro hay que aceptar la propia fragilidad. Y eso da mucho más miedo del que estamos dispuestos a reconocer.


La próxima vez que alguien lo esté pasando mal, no intentes arreglarle la vida. Y si no se te ocurre nada que decir, tranquilo. El silencio está infravalorado.


Siéntate a su lado y escucha.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Cuidarse y no morir en el intento

Yo nunca he sido esa mujer perfecta que parece levantarse antes de que salga el sol, con el pelo impecable y unas ganas irrefrenables de hacer yoga a las siete de la mañana. Debe de haber un gen que y

 
 
 
Encontrar tu tribu

Cuando la vida te para, puedes llegar a sentirte muy solo. Esas catastróficas desdichas que, de un día para otro, te obligan a replantearte la vida que dabas por hecha. Reconozco que hubo momentos, du

 
 
 
De víctima a superviviente

Todavía hay personas a las que les sorprende que a veces me defina como una superviviente de ictus. Sin embargo, ese es precisamente el término que se utiliza para quienes hemos salido adelante despué

 
 
 

4 comentarios


Lamimave
21 jun

Qué difícil es eso de la empatía. Solo te puedo decir adelante. Tienes toda la fuerza de tu juventud y todo el amor y apoyo de tu familia. Siempre vamos a estar ahí aún cuando nos equivoquemos queriendo ayudarte.

Me gusta
Marian_rodriguez
21 jun
Contestando a

Conservaré siempre ese recuerdo de vuestra visita en mi ❤️. Os quiero mucho

Me gusta

Ridente
21 jun

Buenos días Marian, así es, la empatía es una gran cualidad humana y este sábado estoy contento porque es la primera vez que puedo escribir con claridad dado que me estoy recuperándome de una diplopia binocular 😅.


Bueno, estoy convencido de que compartir tu experiencia, tus emociones y sentimientos sobre el ictus no solo es una acto de generosidad sino que te aportará muchas emociones y sensaciones positivas dado que "cuando se comparte, se gana" 🤗😙


Si en alguna ocasión visitarás A Coruña, avísame con dos días de antelación y te hornearé un pan con todo mi afecto.


Gracias Marián, muchas gracias por compartir 🤗.


Me gusta
Marian_rodriguez
21 jun
Contestando a

Me alegro mucho que te hayas recuperado bien. Muchísimas gracias por tus palabras. Y te acepto la invitación pero soy celiaca, asi que tu verás jajajaj. Un fuerte 🤗!!

Me gusta
bottom of page