Escalón a escalón
- Marian Rodríguez

- 30 jul
- 2 min de lectura
Hace unos días, unas chicas muy jóvenes del gimnasio se acercaron para decirme que no entendían cómo era capaz de aguantar tanto tiempo en la máquina de escaleras. Me hizo gracia.
Casi sin darme cuenta llevaba media hora.
Ellas vieron resistencia. Vieron fortaleza. Pero nadie reparó en que subo despacio. Nadie advirtió que, de vez en cuando, mi pie izquierdo tropieza levemente con el escalón. Son detalles tan pequeños que pasan desapercibidos para los demás, pero para mí cuentan la historia de un cuerpo que todavía sigue reconstruyéndose.
Llevo casi un año entrenando en esa máquina.
Al principio me aferraba a las barras con tanta fuerza que mis manos terminaban doloridas. Cuando tienes problemas de equilibrio, que el suelo se mueva es, cuanto menos, terrorífico. Pero el cerebro tiene una forma maravillosa de resistirse a la derrota. Cada repetición era una conversación entre mis neuronas y mi cuerpo. Y, casi sin darme cuenta, un día dejé de agarrarme con desesperación. Otro día dejé de mirar mis pies. Después llegó la media hora sobre la máquina. Adaptación. Exposición. Toneladas de paciencia.
Hay algo de lo que pocas veces se habla tras un ictus: recuperar la velocidad es extraordinariamente difícil. No solo porque las piernas respondan más despacio, sino porque la vida entera parece avanzar a un ritmo distinto del tuyo.
Durante mucho tiempo pensé que recuperarme significaba regresar a la mujer que era antes.
Hoy sé que estaba equivocada.
Recuperarse no siempre consiste en volver atrás. A veces consiste en descubrir que también existe belleza en un camino diferente.
Mientras yo solo era capaz de ver todo lo que había perdido, otras cosas crecían en silencio: paciencia, serenidad y fortaleza. Una fortaleza mucho más profunda.
Me emociona pensar que, del mismo modo que mis neuronas fueron creando nuevas conexiones para devolverme funciones que parecían perdidas, yo también he ido encontrando nuevas maneras de habitar mi vida.
Quizá nunca vuelva a correr tan rápido como antes.
Pero hoy sé que la velocidad nunca fue la medida de mi fuerza. Ni de mi valor.
La verdadera fuerza ha sido no dejar de subir un solo escalón.
Y tú, ¿en qué momento de tu vida, o después de qué experiencia, encontraste una versión de ti que no sabías que existía?

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