FATIGA
- Marian Rodríguez

- 12 may
- 6 min de lectura
Está claro que cada ictus es diferente, pero sí es cierto que algunos síntomas son habituales o comunes entre distintos pacientes. Cuando van pasando los meses, algunos de esos síntomas desaparecen y otros permanecen y entonces los médicos empiezan a hablar de secuelas. Normalmente esto pasa cuando cumples el primer año, hasta entonces siguen siendo síntomas.
Después de tener un ictus, por norma general, te encontrarás muy raro. No serás tú mismo y notarás cambios complejos. Uno de los síntomas invisibles más frecuentes es la fatiga. No todo el mundo la sufre, pero es bastante habitual.
Probablemente nadie te entenderá del todo porque es un síntoma que no se puede medir. No hay manera de explicar exactamente lo que sientes y muchas veces se te juzga con bastante alegría.
En mi caso, los primeros meses todo el mundo a mi alrededor me animaba muchísimo y entendía perfectamente que me agotase con cualquier cosa, porque hasta dar un paseo era un esfuerzo sobrehumano. Además, caminar como un robot genera mucha em patía y condescendencia a tu alrededor.
Recuerdo el segundo mes, cuando todavía tenía que caminar acompañada, pasando delante de una terraza llena de gente con aquellos fantásticos andares robóticos. Todo eran miradas amables y sonrisas sin enseñar los dientes que parecían decir:
—Ay pobrecilla, ¿qué le habrá pasado? Vamos a apartar esta silla por si tropieza.
En esa época yo le comentaba a la gente que me agotaba con cualquier esfuerzo y todo el mundo lo entendía perfectamente.
—Pobre, debes estar agotada. Acuéstate pronto y descansa.
El problema vino después, cuando ya caminaba correctamente y parecía totalmente normal.
Por fuera.
Por dentro, hay mil sensaciones terribles que te hacen sentir una persona completamente diferente a la que eras. Una de ellas puede ser el cansancio. Y no es que estés cansado. Es que algunas veces te invade una fatiga descomunal. Descansas y no se va. No sólo es físico; hay una parte mental que agota toda tu energía.
La fatiga podía aparecer tanto tras un paseo como después de una reunión familiar. Según las áreas afectadas de tu cerebro, pueden agotarte diferentes situaciones. Lo importante es que lo detectes a tiempo, lo hables con tu médico y no intentes fingir que no pasa nada evitando escuchar a tu cuerpo.
Yo, por razones que aún desconozco, asumí aquello como mi nueva realidad. Los primeros meses no le di demasiada importancia. Me parecía normal terminar el día completamente agotada. Algunas noches iba casi a rastras hasta la cama después de horas de rehabilitación y apenas me cuestionaba lo que estaba pasando. Pensaba que aquel cansancio simplemente formaba parte de recuperarse. Pero, en cuanto intenté volver a hacer una vida medianamente normal, dejó de ser controlable.
Antes del ictus yo había utilizado la palabra “fundida” alguna vez para explicar el cansancio que podía sentir.
—Uf, hoy estoy fundida.
Pero no era verdad. Fundida estaba ahora. Como una bombilla sin luz.
Y tratas de explicarlo, pero no lo entiende nadie porque no se ve. A veces te quedas dormido en el sofá sin darte cuenta, como si alguien hubiese bajado un interruptor dentro de ti. Los demás pueden pensar que duermes mal o que es la medicación. Pero no. Es que literalmente te apagas de cansancio. Te fundes como un fusible.
De todos modos, tus médicos revisarán el origen de tu cansancio, no vaya a ser que también exista alguna causa fisiológica. Por ejemplo, yo desarrollé hipotiroidismo después del ictus y eso me afectaba muchísimo al ánimo y a las ganas de arrancar un nuevo día. Cuando me medicaron mejoré en muchos aspectos y pensé que quizás todo empezaría a volver poco a poco a su sitio. Pero había algo que seguía ahí, silencioso, esperándome cada día. La fatiga no había desaparecido.
Aún la noto a veces, cuando me paso entrenando o hago algo que agota demasiado mi sistema nervioso. Ya no es tan fuerte como antes, pero sigue siendo un cansancio diferente, de ese que te deja vacío por dentro. Y cuando aparece, ya sé que probablemente ese día será un día malo. La diferencia es que ahora ya no lucho contra ella cuando aparece. Respiro y dejo que pase, como una mala ola.
Descanso, trato de bajar el ritmo, me cuido un poquito más y dejo de exigirme tanto durante unos días. Ahora escucho mucho más a mi cuerpo y noto que mi sistema nervioso se altera menos.
Tu cerebro está reorganizando los circuitos y eso consume una cantidad brutal de energía. No sólo aplicas un esfuerzo exagerado en cada cosa que haces porque todo cuesta más, sino que además tu cerebro va reaprendiendo sobre la marcha. Y, aunque muchas veces ni siquiera seas consciente, te agotas.
Muchas veces es porque te exiges demasiado. Otras veces se trata simplemente de esta maravillosa secuela: la fatiga.
Es importante que la gente que te rodea pueda informarse un poco sobre el tema y entienda que hacer una vida normal cuando no tienes energía puede llegar a ser muchísimo más difícil de lo que parece desde fuera.
Porque de verdad que no es comparable a nada que hayas vivido. Al menos lo fue para mí.
Pensad que yo trabajé cocinando en dos restaurantes en pleno centro de Vigo durante las Navidades iluminadas de Vigo, en turnos infinitos. Y aun así, nunca estuve tan cansada como después del ictus. Este tipo de fatiga es otra cosa.
Es un cansancio de caer rendido sin poder moverte. Es agotamiento físico y mental a la vez, elevado al cuadrado. Y no depende del tipo de actividad. Puede aparecer tras ir al cine o después de una cena con amigos. A veces, muchos estímulos juntos también pueden agotarte aunque no exista ningún esfuerzo físico.
Gracias a dos consejos que me dio, curiosamente, la doctora de la mutua, empecé poco a poco a convivir mejor con la fatiga neurológica. Y, en medio de aquellos consejos, también empezó una nueva manera de tratarme a mí misma.
En mi última revisión, antes de cumplir el año del ictus, le conté a aquella encantadora médica que yo trataba de rehabilitarme lo antes posible y que muchas veces, después de entrenar, había días que los tenía que pasar en cama o en el sofá. Y ella me dijo:
—No debes llegar al agotamiento nunca con una lesión cerebral. Debes mantenerte siempre en un margen seguro de reaprendizaje. Te voy a dar dos consejos.
El primero fue no intentar practicar mis actividades al 100%, sino quedarme alrededor del 70%. Parar cuando crees que aún te queda un depósito de energía. Parece una tontería, pero cambia completamente la manera en la que gestionas tu esfuerzo. Porque muchas veces el problema no aparece durante la actividad, sino después, cuando tu cerebro ya no puede más y literalmente se apaga. Quizás haya momentos en los que puedas dar el 100%, pero no constantemente y en cada cosa que hagas.
Después de un ictus, el cerebro sigue intentando reorganizarse y reaprender cosas constantemente, incluso aunque tú ya parezcas “normal” por fuera. Ese proceso consume muchísima energía.
Entonces, cuando haces demasiado y llegas al agotamiento, el problema no es sólo estar cansado. Es que el sistema nervioso entero se sobrecarga. Y un cerebro lesionado tolera peor esa sobrecarga. Porque cuando entras en agotamiento extremo:
aumentan los síntomas,
empeora la fatiga,
aparecen más fallos,
el sistema nervioso se altera muchísimo,
y tardas más en recuperarte.
Por eso lo del 70% tiene tanto sentido. No significa vivir poco. Implica parar cuando aún tienes fuerzas para seguir. Significa no vivir permanentemente al límite. Algo que, hasta entonces, había sido mi manera de vivir.
El segundo consejo fue aprender a darme más descanso del que sentía que necesitaba. Es decir, mimarme y cuidarme sin sentir que tenía que merecerlo primero. Simplemente por autocuidado. Yo nunca descansaba antes. ¿Para qué? El descanso no parecía hecho para mí. Yo siempre pensaba que podía con todo.
Al principio me resultó extrañísimo hacer esto. Sentía que era exagerado, casi egoísta. Como si me estuviese tratando demasiado bien. Pero es que yo siempre me había exigido muchísimo. Sólo me permitía descansar como recompensa después de haber conseguido algún logro importante. Nunca me daba permiso para parar simplemente porque sí. Como si el descanso hubiese que ganárselo primero.
Entonces entendí algo que me dijo mi hermana en el hospital:
—Qué poco te quieres.
Y empecé a quererme de verdad por primera vez. A los 48 años.
Y, aunque suene extraño, creo que ahí empezó realmente el cambio. Empecé a cuidar de verdad el cuerpo que habito.
Bueno. Algo bueno salió del ictus.


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