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Fuerza

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 5 jun
  • 4 min de lectura

Siempre me consideré una persona fuerte.


No hablo de una gran musculatura ni de levantar más peso que nadie. Hablo de esa fuerza interior que te hace mover un sofá porque te has levantado sintiéndote decoradora de interiores. La que te permite cargar cajas sin pensarlo demasiado. La que te hace sentir capaz.


Pues yo la perdí después del ictus.


En rehabilitación descubrí que no podía levantarme del suelo. Recuerdo perfectamente aquella sensación porque fue la primera vez que pensé: ¿qué les pasa a mis piernas? ¿Dónde está mi fuerza? Parecían de plastilina. La sensación me revolvía el estómago. Con el tiempo recuperé bastante control sobre ellas, pero la fuerza seguía sin volver. Y lo curioso es que apenas me preocupaba. Tenía tantos problemas que la fuerza ocupaba uno de los últimos puestos de la lista. Bastante tenía con los mareos, la fatiga, la falta de equilibrio, la coordinación o los despistes. O con la sensación de que yo no era yo. Pero sentirme débil no ayudaba a mi mejoría. Ni física ni psicológica.


Y en una consulta rutinaria de mi ginecóloga, pasó algo curioso. Me dijo una frase que terminó cambiando muchas cosas. Su madre había sufrido un ictus el año anterior.


—Lo siento mucho. Es una vivencia horrible. Ahora te toca ponerte muy fuerte para recuperarte.


No sé exactamente por qué, pero aquella frase se quedó a vivir en mi cabeza. Quizás porque contrastaba con muchas de las cosas que escuchaba por aquella época. Algunas personas me decían que tenía que dejar el ictus atrás. Que la vida sigue. Que me acostumbrase a vivir así. Pero yo no entendía cómo.


Me sentía tan débil. Tan diferente.


Mi ginecóloga no me habló de límites.

No me habló de resignación.

No me habló de lo que había perdido.

No invalidó mis sensaciones.

Me dio una dirección.


Ahora te toca ponerte muy fuerte para recuperarte.


Durante semanas aquella frase se repitió dentro de mi cabeza como un martillo percutor. Tienes que ponerte fuerte.


Aquel mantra borró de un plumazo muchas de las tonterías que llevaba meses escuchando de personas que no tenían ni idea de lo que supone vivir un ictus y recuperarte tan despacio. Me habían dado mil opiniones no solicitadas y no entendían el sufrimiento que yo sentía, porque era tan invisible como mis síntomas. Sin embargo, este consejo me motivó de una manera inexplicable.


Ponerse fuerte.

Qué gran idea.


Por primera vez desde el ictus tenía un objetivo claro. Y eso me devolvió algo que llevaba meses perdiendo: la ilusión. Volví al gimnasio. Pedí tablas de ejercicios. Compré material. Volví a entrenar. Y me lancé con tanto entusiasmo que a las dos semanas tenía una lumbalgia terrible.


Mi cuerpo me estaba recordando algo que yo no quería escuchar. No podía recuperar en quince días lo que un ictus había alterado durante meses. Fue entonces cuando me hice una promesa: ser constante, bajar la intensidad cuando fuese necesario y no abandonar.


Desde que tuve el ictus cumplo las promesas que me hago. Puede parecer una tontería, pero para mí no lo es. Me aporta confianza, me ayuda a recuperar la autoestima y me recuerda que, pase lo que pase, no voy a abandonarme. Podrían haberme fallado muchas personas después del ictus. Pero yo no iba a ser una de ellas.


Seguí entrenando igualmente. Convencida de que recuperar músculo era la solución, alternaba ejercicios de fuerza con trabajo de equilibrio y coordinación. Sin embargo, poco a poco empecé a darme cuenta de que estaba persiguiendo el problema equivocado. Durante mucho tiempo pensé que si conseguía recuperar músculo volvería a sentirme como antes. Pero el problema no era únicamente la fuerza.


Mi cuerpo seguía ahí. Los músculos seguían ahí. Lo que había cambiado era la comunicación entre mi cerebro y mi cuerpo.


Después de un evento neurológico serio, la conexión cerebro-músculo puede verse afectada durante meses e incluso años.


Yo quería moverme de una determinada manera y el movimiento salía torpe, lento o impreciso. Quería mantener el equilibrio y me caía. Quería hacer cosas que antes realizaba sin pensar y de repente requerían toda mi atención. Y no generaba musculatura, algo que me desconcertaba profundamente.


Así que empecé a entrenar de otra manera. Eliminé muchos ejercicios en los que intentaba trabajar varias cosas a la vez. Por ejemplo, dejé de hacer pesas de pie. Notaba que cuando tenía que concentrarme en mantener el equilibrio, me costaba mucho más controlar el movimiento.


Decidí simplificar. Trabajaba la fuerza por un lado y el equilibrio por otro. Utilizaba pesas pequeñas, ejercicios unilaterales y muchísimas repeticiones. No intentaba desarrollar más músculo. Intentaba enseñarle de nuevo a mi cerebro cómo mover mi cuerpo. Y control, mucho control del movimiento.


La fuerza empezó a volver, pero a cuentagotas. Tan despacio que algunos días resultaba difícil apreciar los cambios. No porque estuviera levantando grandes pesos. La fuerza empezó a volver porque la señal empezó a mejorar. Porque miles de repeticiones estaban ayudando a reconstruir caminos que el ictus había dañado.


Y un día ocurrió algo curioso. Estaba entrenando como cualquier otro día. Cogí una pesa, la levanté con mucha fuerza y me quedé inmóvil unos segundos. Aquella sensación era diferente. Algo que había perdido había vuelto. Y aquella pequeña victoria me alimentó durante meses. Porque en una recuperación hay días en los que avanzas y días en los que parece que retrocedes. Pero el cambio estaba en marcha.


Seguí entrenando. Todavía hoy tropiezo más de lo que me gustaría admitir y sigo teniendo problemas de equilibrio y coordinación en determinadas situaciones. Pero poco a poco dejé de sentirme una paciente y empecé a sentirme un poco más yo.


Todavía soy una versión descafeinada de mí misma. Pero la fuerza me está devolviendo una parte de mi identidad. También me devolvió salud. Y una vez más, el deporte me estaba ayudando también psicológicamente.


Y cada día, a cuentagotas, soy un poquito más fuerte. 💛

 
 
 

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