Tu salud, lo primero. ¿Está en tu lista?
- Marian Rodríguez

- 24 jun
- 4 min de lectura
En la vida tendrás que elegir cuáles son tus prioridades. Aunque no siempre seamos conscientes, todos las colocamos en una balanza imaginaria. Puede que escojas a tus seres queridos, tus aficiones, tus proyectos, tus sueños o tus deseos. Y, al final, acabamos dando más peso a unas cosas que a otras.
En esa balanza de prioridades, yo escogí mi trabajo. Muchas veces.
Era una adicta al trabajo en grado superlativo. Me encantaba. Era como una droga y nunca tenía suficiente. Aunque siempre disfruté trabajando y mi currículum es fascinante, nunca me desgasté tanto como cuando monté mi restaurante. Trabajaba unas 80 horas semanales, y eso solo en presencia, en mi cabeza, más tiempo. Recuerdo que, durante una de mis primeras sesiones de rehabilitación, Óscar, de Neurem, me preguntó cómo conseguía conciliar con el ritmo de trabajo que llevaba. Mi respuesta fue inmediata:
—¿Conciliar el qué?
Mi trabajo era mi vida entera. Si hubiera tenido que dibujar mis prioridades en un gráfico, trabajar ocuparía casi todo el círculo. Y el pequeño porcentaje que quedaba también sería mi trabajo, pero en otro color. Como el meme de las ganas de trabajar un lunes.
Me olvidé de mí, de mis aficiones y de gran parte de mi vida personal. Todo giraba alrededor del restaurante. Incluso olvidé qué otras cosas me hacían feliz además de trabajar. Como mi familia y mis amigos iban a verme allí, sentía que seguía teniendo vida social. Pero la realidad es que seguía estando dentro del mismo entorno laboral. Nunca desconectaba.
Es cierto que cuando tienes tu propio negocio la presión es enorme y las responsabilidades parecen infinitas. Se estropea todo lo que puede estropearse y, además, suele hacerlo la misma semana. Todo son gastos inesperados, problemas y decisiones constantes. Pero me gustaba tanto que nada de eso me importaba. Volqué toda mi energía en levantar mi negocio. Era mi sueño. Mi prioridad.
Y lo levanté.
Iba muy bien.
Pero me olvidé de mí.
El mismo año que sufrí el ictus, dos de mis proveedores de alimentación también lo sufrieron, ambos unos meses antes que yo. Y fueron ictus muy graves. Sin embargo, aquello no me alertó en absoluto. Siempre pensamos que esas cosas les pasan a otros. Por otros motivos. Que nosotros estamos a salvo.
Sí, claro.
Y la mayoría vivimos convencidos de que es algo lejano que nunca nos va a ocurrir.
Hasta el día que te pasa.
Con el tiempo he aprendido algo que puede sonar duro, pero que es verdad: solo hay un tipo de ictus bueno, el que no se sufre.
Porque cuando te toca, tu vida puede cambiar para siempre. Solo un pequeño porcentaje de las personas que sufren un ictus consigue recuperarse totalmente. La mayoría tiene que convivir con algún tipo de secuela, visible o invisible, durante el resto de su vida.
Estaba tan inmersa en mi proyecto que, cuando sufrí el ictus, tardé una semana en comprender que mi vida y mi trabajo eran dos cosas diferentes. Recuerdo estar sentada en la cama del hospital cuando ese pensamiento me golpeó de repente:
Mi vida.
Casi la pierdo.
Nunca puedes perder de vista tus prioridades y tu salud tiene que estar entre las primeras. Cuidarte no es algo opcional. Tampoco lo es tu bienestar. Quizá ese pequeño quesito de porcentajes sea mucho más importante de lo que imaginas.
Un día antes de sufrir el ictus le dije a uno de mis empleados:
—Noto que tengo que parar o al final el cuerpo me va a parar a mí.
Y vaya si me paró.
La suerte que tuve es que mi recuperación está siendo un éxito dados mis daños y que la vida me dio una segunda oportunidad. Aunque muchas cosas no volvieron a ser como antes, recuperé mucho más de lo que imaginé aquel día en el hospital. Pero mis prioridades tuvieron que cambiar. Y toda mi balanza imaginaria se recolocó.
Así que te planteo algunas preguntas:
¿Le haces caso a tu cuerpo?
¿Dedicas tiempo al ocio y a relajarte?
¿Te priorizas aunque sea un rato al día?
¿Cuidas tu salud?
Es cierto que una persona saludable también puede sufrir un ictus. Pero hay factores que aumentan considerablemente el riesgo: el estrés, el tabaquismo, el alcohol, la vida sedentaria, la mala alimentación, la hipertensión o el colesterol elevado. No digo que por cumplir alguno de estos requisitos vayas a sufrir un ictus necesariamente, pero sí creo que vas acumulando papeletas. Yo tenía unas cuantas.
El otro día, hablando con Jaime, superviviente de ictus, me contaba que a él le pasó algo parecido. Y es el día a día. Normalizar jornadas interminables, falta de descanso, y esa autoexigencia desmedida. Y hablamos de lo difícil que puede ser hacer entender al entorno de lo fácil que es sufrir un ictus. Aún habiendo vivido uno en primera persona.
Los datos actuales son preocupantes y no dejan de crecer. Cada vez afecta a personas más jóvenes. Se estima que una cada cuatro personas va a sufrir un ictus a lo largo de su vida. Esto es una tremenda barbaridad. Y aunque muchos ictus suceden por una patología previa, se cree que un 80% se podrían prevenir controlando los factores de riesgo. Desde mi experiencia, puedo asegurarte que merece la pena empezar a priorizar la salud.
Mis prioridades se fueron reestructurando poco a poco. Empecé a entender que, si fallas tú, todo lo demás se tambalea. En primer lugar debe estar tu salud y tu bienestar. A partir de ahí, se trata de seguir construyendo. Por supuesto que el trabajo es importante. Pero no puedes hacer como yo y arriesgarte a dejar, literalmente, la vida en él.
Perdí mi restaurante, pero conservé la vida.
Y ahora la valoro mucho más.
Valoro a mi familia. A mis amigos. Al tiempo libre. A los momentos sin móviles ni pantallas. Cuando empecé este blog lo hice para ayudarme a salir de una etapa mental muy oscura y, sobre todo, porque volver a escribir resultó ser una motivación muy positiva. Pero había un pensamiento que se repetía en mi cabeza: si conseguía llegar aunque solo fuera a una persona, ya habría merecido mucho la pena escribirlo. Que mis vivencias sirvieran para prevenir un ictus. Aunque fuera uno solo.
Y no penséis que reniego del trabajo. Simplemente ahora entiendo que la vida es demasiado importante como para perder el equilibrio dentro de tu propio cuerpo. Recuerda que si te fallas a ti, todo lo demás termina resintiéndose.
Es momento de escucharte. No es egoísmo, es supervivencia.
Tu salud, lo primero.

Totalmente de acuerdo en todo . No somos conscientes de lo que apretamos la vida muchas veces con el estrés rutinario. El cuerpo nos suele avisar con pequeños detalles pero los ignoramos. Hay que parar y escuchar el cuerpo. Eres una luchadora maravillosa. Gracias por compartir 🍀💚