Los 50 no son los nuevos 30

Los 50 no son los nuevos 30. Ni falta que hace.
Nací en 1976 y este año me toca cumplir 50. Reconozco que al principio impresiona un poco. Después te das cuenta de que ese número también significa que llevas cinco décadas acumulando experiencias, errores, aciertos y, sobre todo, aprendizajes. Hoy sé que el miedo no está en cumplir años. El miedo está en dejar de poder vivirlos como quieres. Por eso ya no me preocupa tanto el paso del tiempo. Me preocupa cuidar la salud que me permitirá disfrutar de ese tiempo.
Envejecer no es divertido. El cuerpo cambia, aparecen arrugas, tardas más en recuperarte y un día descubres que ya no eres invencible. Negarlo me parece una forma absurda de luchar contra algo que forma parte de la vida.
Lo que sí puede ser maravilloso es descubrir que cada año que cumples también es una oportunidad para cuidar mejor de tu salud. Y que sigues siendo joven, solo que de otra manera. Hay una juventud que ya no depende del espejo, sino de la ilusión, de las ganas de aprender y de cómo decides vivir. Quizá por eso, con los años, empieza a importar mucho más lo que ocurre por dentro que lo que se ve por fuera. Tanto física como mentalmente.
Durante mucho tiempo confundí cuidar mi cuerpo con intentar cambiarlo. Pensaba que cuidarme consistía en adelgazar, verme mejor delante del espejo o conservar un aspecto más joven. Sin darme cuenta, acabé exigiéndole a mi cuerpo que respondiera igual que cuando tenía treinta años. Creo que esa idea de que los 50 son los nuevos 30 también me hizo daño, porque me llevó a pensar que debía seguir teniendo la misma energía, la misma capacidad y el mismo aspecto. Como una obligación impuesta. Como si envejecer fuese un error imperdonable.
Y me olvidé de que, con el paso del tiempo, había que fijarse más en las señales y centrarse menos en objetivos superficiales. Me olvidé de que, con los años, el colesterol, el estrés, el agotamiento o una ligera hipertensión dejan de ser pequeñas cosas sin importancia. Eso no es hacerse viejo. Es entender tu nuevo momento vital. Y tratar de ignorarlo no hará que desaparezca. Yo tardé demasiado en darme cuenta.
Después llegó el ictus y lo cambió todo por completo.
Cuando tu salud falla, lo superficial desaparece de un plumazo. Las arrugas dejan de importar. Tampoco piensas si los brazos están más firmes o si has ganado dos kilos. Lo único que deseas es volver a caminar, recuperar la fuerza, tener la mente clara, mantener el equilibrio, conducir o vivir sin limitaciones. Sobre todo, vivir. En ese momento entendí que llevaba demasiado tiempo cuidando un envoltorio. Pero tuve una segunda oportunidad.
A partir de ahí empecé a relacionarme de otra manera con mi cuerpo. Dejé de moverme para quemar calorías y empecé a hacerlo para cuidar mi cerebro, mi corazón y mis músculos. Nunca me había tomado la alimentación tan en serio como ahora. No porque quisiera tener un cuerpo perfecto, sino porque entendí que la comida también alimenta el cerebro, protege el corazón y determina, en gran medida, cómo llegaremos a los próximos años de nuestra vida. Dejé de temer cumplir años y empecé a alegrarme por poder celebrar el mayor número posible de cumpleaños.
También cambió mi manera de vivir. Yo vivía instalada en una hiperproductividad constante, con el cortisol disparado y con la sensación de que siempre podía hacer un poco más. Descansar me parecía perder el tiempo. Era mejor tomar otro café y seguir corriendo.
Después del ictus aprendí que el descanso también es una herramienta de autocuidado. No te queda otra. Aprendes a descansar sí o sí porque, si no, caes fundido en cualquier sitio. El ictus y su fatiga traidora. Así que el descanso entró también en escena junto con la alimentación y un ejercicio diferente, ya no pensado para marcar abdominales, sino para obtener la mayor funcionalidad posible.
Y, curiosamente, mi cuerpo respondió como nunca habría imaginado. Cuanto más me cuidaba por dentro, más se reflejaba por fuera. A veces pienso en todo lo que habría conseguido si hubiera entendido esto unos años antes. Pero agua pasada no mueve molino y me queda el resto de mi vida para intentar hacerlo mejor.
Una mañana levanté la vista y me observé de verdad. Todo mi cuerpo. Delante del espejo. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. Me vi más delgada, sí, pero, sobre todo, me vi saludable. Durante un instante tuve la sensación de reencontrarme con una parte de mí que creía perdida. Porque a veces no amamos suficiente el cuerpo que habitamos, buscamos fallos y el irremediable paso del tiempo nos devuelve un reflejo diferente, a veces incluso desconocido.
Pero un año después del ictus, me miré en el espejo y me gusté. Mis arrugas seguían ahí y mi cuerpo ya no era el mismo que hacía veinte años, como era de esperar. Pero en aquel reflejo reconocí un cuerpo saludable, más tonificado y con una vitalidad que hacía mucho tiempo que no sentía. No tuve añoranza de sentirme joven. Me sentí saludable y mucho más fuerte.
Sonreí. Y pensé:
"50, allá voy"
Cada vez que empiezo una década hago una lista de objetivos y sueños que me gustaría cumplir, pero esta vez solo hay una palabra escrita en mayúsculas: SALUD.
Tengas la edad que tengas. La edad no debería ser nuestra excusa para dejar de cuidarnos. Debería ser exactamente el motivo contrario. Cada año que cumplimos nos recuerda que nuestro cuerpo va a agradecer todo lo que hagamos por él. No se trata de parecer más joven. Se trata de ganar calidad de vida. Es cuidar de tu yo futuro.
Ahora entiendo que, con los años, debes cambiar la mentalidad. Cumplir años no significa perder, sino priorizar lo que de verdad importa. Y, a estas alturas, tienes vivencias, experiencias y aprendizajes que deberían acercarte a lo que realmente quieres. Y no te excuses en:
-No tengo tiempo, con esta edad es lo que hay. Ahora ya no voy a cambiar.
No te hagas trampas ni te inventes excusas. El momento de empezar a cuidarte más puede ser hoy y quizás te sorprendas con los resultados. Se trata de tu bienestar y para eso, no hay edad límite para empezar.
Me encantaría que alguien leyera este artículo y mañana decidiera hacer un pequeño cambio: comer mejor, beber más agua, reducir los alimentos ultraprocesados, cenar más sano, caminar más, subir las escaleras o simplemente salir a dar un paseo. Y, por qué no, atrévete por fin a apuntarte a esas clases de salsa que llevas tiempo posponiendo. Vive y aprovecha tu edad, que a día de hoy, es la más joven que tendrás nunca. No quieras recuperar juventud, recupera vitalidad. Porque cuando estás sano y te sientes bien, la edad acaba sintiéndose solo como un número.
Cuando sufres un ictus, te comparas mucho con tu yo anterior. Es inevitable. Un día me di cuenta de que, en realidad, todos hacemos algo parecido. Añoramos a nuestro yo del pasado. Nos comparamos con versiones más jóvenes, más saludables, más fuertes. Y así siempre salimos perdiendo.
Igual no se trata de comparar, sino de querer más a tu versión actual. Y cuanto más años cumples, más mereces que te cuides, te respetes y te gustes. Mis 50 no son mis nuevos 30. Son mis nuevos 50 en los que, por fin, entendí que me encanta cuidar el único lugar en el que voy a vivir toda mi vida: mi cuerpo.

Totalmente de acuerdo hay que cuidar mente y cuerpo. Y aceptar los años . Verlos como lo que son, el paso de la vida. E intentar cuidarte lo máximo posible para poder vivirlos con la mejor calidad de vida.
Mente joven para no dejar las cosas que te hacen feliz..todo es actitud.