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Me desperté en otra dimensión y no sabía cómo volver

  • Foto del escritor: Marian Rodríguez
    Marian Rodríguez
  • 24 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: 28 abr


El hospital no es un lugar. Es otra dimensión.

Durante días estuve convencida de que había salido de mi vida y había aterrizado en una nave espacial. Tras la operación pasé casi una semana completamente monitorizada, sondada y vigilada. Pero esa no es la semana que recuerdo con más pavor. Ahí estaba luchando por mi vida. No piensas mucho más que en sobrevivir y dormir como un tronco.


La pesadilla empezó después.


Cuando me pasaron a planta, mi realidad se distorsionó por completo. Sabía que estaba en un hospital, pero la realidad se sentía doblada, como si estuviese en un universo paralelo. Todo era extraño. Irreal. Desconocido.


Asomarme al lado de la cama me provocaba un vértigo exagerado. Mis piernas se movían, pero no respondían cuando intentaba ponerme en pie. No entendía qué estaba pasando. No podía caminar. No podía incorporarme sola. Tenía que agarrarme a un triángulo colgado sobre la cama, levantarme un poco y arrastrar el cuerpo hacia atrás. Y gracias a que una de las enfermeras, Antonia, me enseñó pacientemente cómo hacerlo. Igual que a usar el andador. Me dieron la vida. Mi cerebro aún no había empezado a recordar lo más básico. Porque no aprendes de cero. Recuerdas. Pero para eso todavía faltaba.


La primera semana en planta fue como vivir en un cuerpo que ya no obedecía las leyes de la física.


Todo iba a cámara lenta. Las piernas me pesaban toneladas. El suelo se movía como en una atracción de feria. Mi lado izquierdo tenía vida propia. No enfocaba bien la vista. La inflamación cerebral es una pesadilla. Sientes que el cerebro ocupa demasiado espacio dentro de tu cabeza. Todo cansa. Todo abruma.


No sentía dolor. Pero sí miedo. Mucho miedo.


Era como vivir en un cuerpo ajeno. Uno que no responde. Uno que no entiendes. Necesitaba ayuda para todo. Y cuando digo todo, es todo. Mi familia tenía que ayudarme incluso a bajarme las braguitas para poder hacer pis. Yo no era capaz de hacerlo agarrada al andador.


Pero ni siquiera eso era lo peor.


Lo peor es despertarte y entender que tu vida ha cambiado de un día para otro. Que todo se reduce a paredes blancas, luces fluorescentes, olor a desinfectante. Termómetros. Controles. Analíticas. Pruebas. Y empiezas a sentir que has sido arrancada de tu vida.


Durante varios días estuve convencida de algo: que existen dos realidades. El mundo exterior… y el hospital. Dos universos distintos. Como en Matrix. Solo que yo no recordaba haber elegido ninguna píldora.


Y ahí apareció un pensamiento que no me soltaba: En cualquier momento te puede pasar. A cualquiera.


Estás viviendo tu vida con normalidad… y de repente, todo cambia. Cruzas de mundo. Entras en una dimensión donde lo importante cobra sentido y lo demás… deja de tenerlo. Ese fue el momento en el que entendí algo de golpe: somos frágiles. Y la vida puede cambiar en un instante.


Pensé que iba a volverme loca. Y entonces, mi cerebro hizo algo inesperado. Me llevó a un lugar que no tenía nada que ver con un hospital. A la montaña. A la escalada. Hacía años que no escalaba más que en rocódromo, pero recordaba perfectamente esa sensación: cuando estás en una pared de roca, tu vida depende de cada movimiento. No hay espacio para el ruido. No hay distracciones. Solo atención plena. Respiras. Te concentras. Te mueves despacio. Todo se detiene. La concentración es máxima. El ruido mental se disipa.


Sin saber muy bien cómo, entré en un estado muy parecido a lo que hoy todo el mundo llama mindfulness. Pero en ese momento no le puse nombre. Era pura supervivencia. No podía permitirme pensar en todo lo que estaba pasando, porque era demasiado. Así que hice lo único que podía hacer: Quedarme en el momento. Como cuando estás escalando y sabes que si te distraes, te caes. Esa fue mi ancla. Respirar. Vaciar la mente. Dejar pasar los pensamientos. Y en medio de todo ese caos… encontré algo inesperado: calma.


Pero no hay que hacer todo solo. A veces hay que pedir ayuda.


Como lo iba llevando más o menos "bien" tardé en pedir ayuda psicológica. Cuando llegó la psicóloga, yo estaba a punto de recibir el alta. Pero aún así, me ayudó muchísimo. Hubo dos frases que me acompañaron durante el resto de la recuperación.


La primera:


—Esto no es una competición. Tienes derecho a sentirte mal.


Yo había reprimido muchas emociones. No quería preocupar más a mi familia. Además, había visto casos terribles de ictus y, como el mío parecía reversible, sentía que no debía quejarme ni entristecerme.


Hasta que entendí que sí. Ella me dio el permiso que yo no me había dado.


Y cuando lo entendí… lloré durante una hora.


La segunda:


—No puedes resolver esto como resolvías los problemas de tu vida antes del ictus. Ahora tú no mandas, manda tu cuerpo.


El ictus no era un problema que pudiera controlar con mi antigua manera de gestionar los conflictos. No era una crisis del restaurante. Había poco que yo pudiese hacer a corto plazo. Mi cuerpo marcaba el ritmo. Mi cerebro decidía la velocidad. Y yo tenía que aprender a adaptarme. Para ir más rápido, tenía que ir más despacio. Tuve que cambiar completamente mi forma de pensar. Ya no servía mi forma de resolver las cosas. Ahora tenía que escuchar mi cuerpo. Respetar sus tiempos. Acepté que no tenía el control. Mi cuerpo y yo tendríamos que trabajar juntos, pero él estaría al mando. Dejé de luchar y ahí empezó de verdad el camino a mi rehabilitación.


Durante un tiempo, el hospital me provocaba rechazo.


Pero poco a poco entendí algo importante: No hay dos mundos. Es el mismo. Y en ese lugar que tanto miedo me daba… me salvaron la vida.


Por eso insisto tanto en la prevención. Ojalá nunca tengas que subirte a esa “nave espacial”. Pero si lo haces, quiero que sepas algo: Aunque dé miedo…cuando tu salud esté en juego no querrás estar en ningún otro sitio.



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2 comentarios


Invitado
26 abr

Gracias por alertar sobre una enfermedad tan grave. No hay mucha información

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Marian
14 may
Contestando a

Muchas gracias. Me animan muchísimo vuestros comentarios

Editado
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