Pasan los días y no me reconozco
- Marian Rodríguez

- 27 abr
- 5 min de lectura
Actualizado: 28 abr
A veces es muy evidente, a veces solo lo sabrás tú. Pero tras un ictus, muchas personas se sienten distintas. A mí me sucedió. No eres tú mismo. Y si no eres tú… entonces, ¿quién eres?
La ayuda psicológica —algo que no dejaré de repetir a lo largo de este blog— es imprescindible si estás viviendo esta sensación. No siempre podemos con todo, y además, no hace falta. Ya has pasado un ictus. Has sobrevivido. Ahora te toca recuperarte, y no necesitas ser más valiente ni más fuerte que nadie.
Pide ayuda si la necesitas.
Yo pensé que podía con todo sola… y caí en picado meses después. Me habían avisado, pero creí que lo más difícil ya había pasado. Si había vuelto a caminar, ¿qué podía ser peor? Pues lo fue. Fui cayendo poco a poco en una depresión terrible de la que me costó muchísimo salir. Una de las sensaciones más duras fue algo que yo viví como una pérdida de identidad. ¿Cuándo volveré a ser la que era? No me reconozco.
Después llegó el duelo. Un duelo que pocas personas de tu entorno entenderán, sobre todo si no tienes secuelas visibles claras. Porque tú has perdido tu “yo” anterior, y no sabes si volverá. Lo consulté con médicos, psicólogos y fisioterapeutas especializados en neurología. Todos coincidían en algo:
—Tienes que asumir que, a lo mejor, ya no vuelves a ser la misma.
Pero eso… no es tan fácil.
Cuando no hay secuelas visibles muy evidentes, los demás te ven igual. Quizá más callada, como si hubieras perdido brillo. Pero cómo te sientes tú… eso es otra historia.
Mi consejo: acepta tus nuevas sensaciones, pero no te aferres a pensamientos negativos. Cada semana eres una versión distinta de ti. Literalmente. Todo puede cambiar en cuestión de días.
Tiempo. Y una tonelada de paciencia.
Muchas personas no lo entenderán. Y gastarás energía intentando explicarlo. No lo hagas. Esa energía la necesitas para recuperarte. Escucharás frases como:
—Alégrate, estás aquí. No has muerto. Tienes suerte.
Y sí… pero no.
A ver, no es tan sencillo. Alegrarte por haber sobrevivido un ictus no va a ser tu pensamiento principal, sobre todo al principio. Y está bien. Sea cual sea tu caso. Tienes derecho a pasar por todas las fases del duelo. A mí la del enfado me duró muchísimo. Ya llegará la aceptación. Pero no fuerces ese proceso.
A veces, lo único que necesitamos es que nos escuchen. Nada más. Y que nos crean.
Cada mes después del ictus me sentía diferente. Incluso cada semana. Como si me estuvieran cargando programas nuevos, estilo Matrix. Era funcional para todas las cosas básica pero nada parecía igual. Había vuelto a caminar. Pero no me sentía yo ni en mis pensamientos ni en el día a día haciendo cosas tan simples como usar la app del banco, hacer la compra o sacar la basura. Todo era complicado. Y en mi caso concreto, como tuve una evolución muy rápida, pensé que en cuanto volviese a ser funcional yo volvería a ser yo. Pero no, yo notaba una pérdida de identidad brutal, no me reconocía en nada de lo que hacía, ni siquiera en lo que intentaba hacer. ¿Quién era esta persona que habitaba mi cuerpo?
Tiré la toalla. Acepté que no volvería a ser la misma. Y empecé a reconstruirme, si no podía ser la que era, intentaría ser una mejor. Empecé a hacer más ejercicio, dentro de mis posibilidades. Empecé a escribir, a tratar de establecer rutinas saludables y sobre todo, a ser más benévola conmigo misma. Y en medio de ese proceso —como si estuviera creando mi propio SIM en la vida real— empecé a sentir que .volvía a reconocerme.
Tardé unos ocho meses.
Prepárate para tener paciencia. Y, sobre todo, para quererte mucho. Cada proceso es distinto. Cada ictus es diferente. Hay personas que mejoran después de un año, o incluso durante el segundo año… otras siguen avanzando durante mucho tiempo. Hay muchos casos con secuelas invisibles pero muy incómodas. Y hay también otros que conviven con secuelas terribles y se estancan en una realidad devastadora.
Desde lo que yo viví, hubo algo imprescindible: tratarte con amor.
Ahí está tu nuevo yo, peleando contigo porque no lo aceptas, lo criticas, incluso lo odias. Está más débil, más lento, más cansado… pero todavía sigues siendo tú. De verdad. Tu niño interior está ahí, asustado, desprotegido tras lo que ha vivido. ¿De verdad crees que merece críticas en lugar de cuidado?
Aceptar a este nuevo tú es difícil. A mí me costó muchísimo. Y eso que mi evolución fue muy favorable para lo que podía haber sido. Pero antes del ictus yo era rápida, física y mentalmente. Deportista. Activa. Y de repente me vi caminando con un andador en un hospital. Y muy torpe. Y tan lenta. Perdí tantas capacidades.....
Lo viví como un castigo. Odiaba en lo que me había convertido.
Pero aprendí algo clave: cuidado con el diálogo interno. Háblate mejor. Agradece lo que sí tienes. Valora cada pequeño paso.
Porque sí, estás siendo valiente.
Estás dentro de un cuerpo nuevo que funciona regular. Y una mente que, en mi caso, era una auténtica batidora. Ni razonaba de la misma manera que antes ni me reconocía un poquito en las emociones que sentía. Demasiados cambios extraños a muchos niveles. Físicos y cognitivos.
Mi consejo si estás recuperándote de un ictus como el mío: acepta tu versión semana a semana. Poco a poco. No has perdido tu identidad. Es una evolución de la anterior. Cuídala. La vida te ha dado un buen golpe, no te maltrates tú aún más. No te compares tanto con quien eras. Es muy doloroso.
En esta nueva etapa puedes reconfigurar muchas cosas. Yo, por ejemplo, aprendí a priorizarme. A quererme más. A elegir mejor a las personas de mi entorno. Bajar el ritmo no siempre es perder, a veces es empezar a ver lo que antes no podías.
A lo largo de tu vida ya has tenido muchas versiones de ti. Esta es solo una más: tu versión post ictus. No intentes volver exactamente a quien eras. No hace falta. Intenta ganar algo nuevo. Parece imposible. Pero puede que no lo sea.
Y ahí estaba yo, reconstruyéndome cuando, entre el séptimo y octavo mes, sentí que algo cambiaba: mis expresiones, mi humor, mi carácter. Y mi entorno también lo notó. Me parecía mucho más a cómo había sido siempre. Y empecé a reconocerme. Aún quedaba camino físico por recorrer, pero volví a sentirme yo. O algo parecido. Porque exactamente igual… es difícil.
Hoy me siento distinta. No soy la misma. Pero he aprendido a cuidar a la persona en la que me he convertido.
Y ya era hora.

Comentarios