¿Te cuidas o te mientes a ti mismo?

Hay un día en el que tienes que dejar de mentirte a ti mismo. Hay un día que debes apartar de ti las excusas. Hay un día que tienes que decidir que muchas de tus acciones y pensamientos te acercan o alejan de la vida que quieres.
Yo tardé bastante en llegar a ese día.
Después del ictus buscaba explicaciones. Quería encontrar una causa que no dependiera de mí. Necesitaba pensar que aquello había sido simplemente mala suerte o la consecuencia de algo ajeno. Esperaba que hubiera sido el quiropráctico. Esperaba que fuera un foramen. Esperaba que apareciera una alteración genética. Esperaba que encontraran algún trastorno de la coagulación. Esperaba cualquier respuesta que me permitiera pensar que no tenía nada que ver conmigo. Porque si la explicación estaba fuera, yo no tenía que hacerme preguntas incómodas. Porque si la explicación estaba fuera, no tenía que mirar de frente cómo había vivido durante los dos años anteriores al ictus.
Hay algo que me costó mucho reconocer. Después del ictus mentí a los médicos.
No porque quisiera engañarlos. De hecho no fui consciente. Y la verdad, mentí porque me estaba mintiendo a mí misma.
Después de un ictus te hacen muchas preguntas. Es importante localizar qué fue lo que falló para tratar de evitar un nuevo ictus. Así que cuando me preguntaban si hacía deporte, decía que sí. Y técnicamente no estaba mintiendo del todo. En los seis meses anteriores al ictus había ido al rocódromo dos veces.
Dos.
Y había salido a correr una vez.
Una.
Marian Bolt me podéis llamar.
Cuando me preguntaban por la alimentación también decía que comía sano. Y otra vez, en mi cabeza tenía sentido. Porque había comido brócoli un miércoles. Pero lo había comido. Mi cerebro parecía convencido de que un día de brócoli tenía poderes mágicos capaces de neutralizar cenas enteras de pan, queso y embutido o aquellos chuletones king size que yo creía que merecía después de una jornada extenuante. Mi teoría nutricional era sencilla: un día de brócoli borraba mis pecadillos constantes. Lamentablemente, mis analíticas no opinaron lo mismo.
También decía que el estrés era normal. Que era lo lógico siendo autónomo. Que ya descansaría cuando el restaurante terminase de estabilizarse. Que ya me cuidaría cuando tuviera más tiempo. Que ya empezaría el lunes siguiente. Spoiler: el lunes siguiente nunca llegó. El viernes santo se acabó todo. Bueno, todo no, que aquí sigo. Pero casi.
Pero, sobre todo, me repetía una mentira muy cómoda. Que estaba bien. Que mi salud podía con todo.
Y resulta que no.
Había priorizado mi negocio. Había priorizado las preocupaciones. Había priorizado mil cosas.
Mil cosas menos a mí.
Lo que más me sorprende cuando miro atrás es que no estoy hablando de la Marian de toda la vida. Esa sí se cuidaba.
Estoy hablando de la Marian de los dos años anteriores al ictus. La Marian que abrió un restaurante. La Marian que trabajaba 80 horas a la semana. La Marian que dormía menos de lo que necesitaba. La Marian que llevó a su cuerpo a un extremo de estrés insano alimentado por cortisol.
Porque antes de eso yo sí hacía deporte. Sí me movía. Sí prestaba más atención a mi salud. Sí comía sano. Por eso a veces me cuesta creer que dos años pudieran descompensar tanto mi salud.
Dos años.
Solo dos años.
Y, sin embargo, fueron suficientes para que la hipertensión, el colesterol, el estrés y el cansancio dejaran de ser anecdóticos y se convirtieran en compañeros de viaje.
Pensaba que ya descansaría más adelante. Que ya empezaría a cuidarme más adelante. Que ya tendría tiempo para hacer ejercicio más adelante. Que ya me ocuparía de mi salud más adelante.
Hasta que un día ya no hubo más adelante.
Mientras tanto, durante el primer año después de mi ictus, las pruebas seguían llegando y una a una fueron descartando posibilidades. No era un foramen. No eran los genes. No era un trastorno protrombótico. Y cada resultado negativo me acercaba un poco más a una conversación que no quería tener conmigo misma.
Los médicos me explicaron que mi salud arterial estaba comprometida. Hipertensión. Colesterol elevado. Estrés. Falta de descanso. Factores de riesgo que llevaban tiempo ahí. Factores de riesgo que triplicaban las probabilidades.
Y de repente me di cuenta de algo.
No había estado mintiendo a los médicos.
Me había mentido a mí misma.
Hay un dato que me persigue desde hace tiempo. Los médicos me aseguraron que hasta el 80% de los ictus están relacionados con factores de riesgo modificables.
Cada vez que leo esa cifra me hago la misma pregunta.
¿Y si yo fuera de ese 80%?
No lo sé.
Nadie puede decirme con certeza que mi ictus se habría evitado.
La medicina no funciona así.
No todos los ictus se pueden prevenir. Hay personas que se cuidan, hacen ejercicio, comen bien y aun así sufren uno. Por eso nunca juzgaría a nadie.
Pero cuando miro hacia atrás veo una salud que llevaba demasiado tiempo esperando su turno. Una hipertensión que pude controlar, un colesterol al que no le presté atención, un estrés inquietante que me robaba el sueño, un deporte que no hice, una alimentación desordenada y a deshoras que buscaba compensar lo agotada que me sentía.
Y veo una mujer que estaba tan ocupada intentando sacar adelante su negocio que se olvidó de sacar adelante algo igual de importante.
A sí misma. Y si tú caes, todo cae.
No escribo esto desde la culpa.
La culpa no cambia el pasado.
Lo escribo porque reconocerlo cambió mi futuro.
Movimiento, buenos hábitos y alimentación, los tres pilares de mi nueva etapa. Y esta vez, las analíticas y yo por fin estamos de acuerdo.
Porque el día que dejé de buscar culpables fue el día que empecé a cambiar cosas. Y porque si mi experiencia sirve para que una sola persona deje de posponer su salud, entonces habrá merecido la pena este post.
Hay un día en el que tienes que dejar de mentirte a ti mismo.
Para mí, ese día llegó meses después del ictus.
Ojalá para alguien que lea esto llegue antes.
Tu salud lo primero.

Comentarios