HAMBRE Y RECETAS
- Marian Rodríguez

- 29 ene
- 4 Min. de lectura
A los pocos días de mi ictus, se acercó a mi camilla una enfermera con una especie de vasito de gelatina en la mano y hablando con una voz impostadamente dulce, casi cantarina. Mala cosa. Ese tono se reserva, sobre todo, para dos tipos de pacientes: los muy mayores, o los muy malitos.
—Vaaaaaamos a probar este vasito de fresaaaa.
Mi hermana la miró con extrañeza y se ofreció a ayudarme ella misma. La expresión de la enfermera cambió de golpe. El tono ya no era el mismo:
—La primera se la tengo que dar yo, por si no puede tragar.
Yo estaba todavía muy ida, pero el miedo me atravesó de golpe. ¿En serio? ¿No podía tragar? ¿Qué más cosas iban a pasar? Seguía en shock. Me sentía fatal, como si me hubiese atropellado un camión y, además, tuviese la peor gripe del mundo. No enfocaba bien la vista, me movía con mucha dificultad y solo quería dormir. Y ahora, además, tenía que comer, sin ganas, aquella cosa viscosa de fresa —el sabor que más odio—. Si es que podía, claro.
Me ayudaron a incorporarme y empezó el experimento. La enfermera, casi haciendo el avioncito, me metió en la boca una cucharadita de ese líquido-gel rosita y se quedó mirándome expectante, a ver qué pasaba. Yo no tenía ni idea de cuál iba a ser el resultado. Llevaba varios días sin comer ni beber, estaba sondada, bastante grave, y a esas alturas no sentía ni hambre ni sed.
Tragué.
Nada.
No tosí, no me atraganté, no pasó nada.
Conseguí terminarme el vasito entero y, de repente, todo se convirtió en una pequeña celebración.
—Qué bien, qué maravilla, no tienes dificultades para tragar.
Cerré los ojos e inspiré profundamente. Me dieron ganas de llorar del alivio. Ya estaba siendo todo demasiado horrible como para seguir sumando desgracias. A veces, incluso dentro del peor escenario, cualquier victoria —por pequeña que sea— es un éxito enorme. Todo es cuestión de perspectiva.
Muchas personas no pueden tragar después de un ictus. Se llama disfagia. Es el logopeda quien te acompaña en ese reaprendizaje lento y desesperante: volver a tragar, poco a poco, día a día. Conocí algún caso muy grave que no logró recuperarse, aunque no son los más frecuentes. Yo tuve suerte. Más allá de atragantarme alguna vez bebiendo agua sin motivo aparente —como si de repente se me hubiese olvidado cómo hacerlo—, no noté grandes alteraciones. Esa sensación duró alrededor de un mes y luego desapareció.
Después de un ictus hay muchísimos síntomas, casi tantos como personas que lo sufren. Algunos son más comunes: la disfagia, la falta de apetito, no reconocer sabores u olores. En mi caso ocurrió justo lo contrario.
Yo tenía un hambre voraz.
Cuando por fin me pasaron a planta, una semana después, llegó la comida de verdad. Y fue una revelación. Reconocía perfectamente sabores y olores y, además, todo me parecía maravilloso. Cada comida era un regalo del cielo. Nunca había sentido tanta hambre. Me frustraba muchísimo que mi brazo izquierdo no respondiese bien, porque eso me impedía usar los cubiertos con normalidad. La comida se caía antes de llegar a mi boca y tardaba una eternidad en poder tragar cada bocado. Así que tomé una decisión práctica:
Abandoné los cubiertos.
Empecé a comer con las manos. Bueno, sobre todo con la derecha, porque la izquierda tenía vida propia y no colaboraba mucho. Mi familia me observaba entre boquiabierta y divertida, hablándome despacio y con extremo cuidado, como si yo fuera un animal salvaje:
—Tranquila, come con calma, que nadie te va a quitar la comida mujer.
Se morían de risa conmigo cada vez que llegaban las bandejitas con los menús. Yo devoraba. Con ansia. Con desesperación. Con hambre. No podía controlarlo. No sé si fue el ictus o el más primitivo instinto de supervivencia, pero para mí la comida se convirtió en felicidad masticable. Sé que debía parecer un chihuahua rabioso; el ansia se me notaba en cada movimiento. Para no escandalizar demasiado, a veces intentaba disimular —cuando había gente delante—, aunque casi nunca lo lograba. El hambre seguía ahí. Y siguió durante meses. Y eso que hablamos de comida de hospital.
Cuando llegué a casa, lejos de mejorar, fue a peor. Todo me parecía increíblemente delicioso. Y aquí viene la anécdota superficial: decidí empezar a controlar mi alimentación porque mi hermana se iba a casar en unos meses y, de seguir comiendo así, yo no iba a entrar en el vestido que había comprado.
La mente es extraña. Dentro de una experiencia traumática, algo aparentemente superficial puede convertirse en un salvavidas inesperado. En mi caso fue un trozo de tela. Más vestido, menos ictus. No era dieta de enferma, era dieta por lucir tipito en una boda. O eso quise creer.
Ahí empezó mi camino hacia una alimentación más saludable: reducir el colesterol, cuidar mis arterias, prevenir un nuevo ictus… y caber en un vestido. Volví a cocinar sano. Recetas sencillas, equilibradas y ricas. No era falta de conocimientos: llevaba años trabajando en ese ámbito. Lo había descuidado por falta de tiempo y exceso de trabajo, pero había llegado el momento de retomar. Tenía un objetivo claro: saciar mi hambre y cuidar mi salud. Bueno, y lo del vestido.
Así nació el recetario que comparto en este blog. De un motivo aparentemente superficial y un trasfondo profundamente vital.
Funcionó. Mi hipertensión se reguló, el colesterol bajó y las analíticas empezaron a ser sorprendentemente buenas. El hambre fue calmándose poco a poco y dejé de comer como si alguien fuese a robarme la comida del plato. Nunca sabré con certeza si aquel apetito desbordado fue un síntoma del ictus. Los médicos no me lo confirmaron, pero conocí a otros pacientes a los que les pasó algo parecido. Lo que sí sé es que, al final, fue el hambre la que me ayudó a volver a cuidarme. A cocinar cosas ricas y sanas a la vez.
La boda de mi hermana fue perfecta. Yo tuve que vivirla sentada, porque aún no estaba suficientemente recuperada, pero la disfruté dentro de mi vestido. La comida estaba buenísima y ese día me di un homenaje, porque cuidarse no significa castigarse.
Un día no lo estropea todo.
Lo importante son los hábitos diarios, constantes, y que comer sano sea una forma de vivir, no un esfuerzo inhumano. Y, sobre todo, que la comida sea apetitosa. Si te apetece, te invito a visitar mi sección de recetas del blog.
