HAMBRE Y RECETAS

Actualizado: 24 jun
A los pocos días de mi ictus, una enfermera se acercó a mi camilla con un vasito de algo parecido a la gelatina y una voz impostadamente dulce, casi cantarina. Mala cosa. Ese tono se reserva, sobre todo, para dos tipos de pacientes: los muy mayores, o los muy malitos.
—Vaaaaaamos a probar este vasito de fresaaaa.
Mi hermana la miró con extrañeza y se ofreció a ayudarme ella misma. La expresión de la enfermera cambió de golpe. El tono ya no era el mismo:
—La primera se la tengo que dar yo, por si no puede tragar.
Yo estaba todavía muy ida, pero el miedo me atravesó de golpe. ¿En serio? ¿No podía tragar? ¿Qué más cosas iban a pasar? Seguía en shock. Me sentía fatal, como si me hubiese atropellado un camión y, además, tuviese la peor gripe del mundo. No enfocaba bien la vista, me movía con mucha dificultad y solo quería dormir. Y ahora, además, tenía que comer, sin ganas, aquella cosa viscosa de fresa —el sabor que más odio—. Si es que podía, claro.
Me ayudaron a incorporarme y empezó el experimento. La enfermera, casi haciendo el avioncito, me metió en la boca una cucharadita de ese líquido-gel rosita y se quedó mirándome expectante, a ver qué pasaba. Yo no tenía ni idea de cuál iba a ser el resultado. Llevaba varios días sin comer ni beber, estaba sondada, bastante grave, y a esas alturas no sentía ni hambre ni sed.
Tragué.
Nada.
No tosí, no me atraganté, no pasó nada.
Conseguí terminarme el vasito entero y, de repente, todo se convirtió en una pequeña celebración.
—Qué bien, qué maravilla, no tienes dificultades para tragar.
Cerré los ojos e inspiré profundamente. Me dieron ganas de llorar del alivio. Ya estaba siendo todo demasiado horrible como para seguir sumando desgracias.
A veces, incluso dentro del peor escenario, cualquier victoria —por pequeña que sea— es un éxito enorme.
Todo es cuestión de perspectiva.
Muchas personas no pueden tragar después de un ictus. Se llama disfagia. El logopeda te acompaña en ese reaprendizaje lento y desesperante: volver a tragar, poco a poco, día a día. Hay casos más graves que no llegan a recuperarse, aunque no son los más frecuentes.
Yo tuve suerte. Más allá de atragantarme alguna vez bebiendo agua —como si de repente se me hubiese olvidado cómo hacerlo—, no noté grandes alteraciones. Esa sensación duró alrededor de un mes y luego desapareció.
Después de un ictus hay muchísimos síntomas, casi tantos como personas que lo sufren. Algunos son más comunes: la disfagia, la falta de apetito o no reconocer sabores u olores. En mi caso ocurrió justo lo contrario.
Yo tenía un hambre voraz.
Cuando por fin me pasaron a planta, una semana después, llegó la comida de verdad. Y fue una revelación. Reconocía perfectamente sabores y olores y, además, todo me parecía maravilloso. Cada comida era un regalo del cielo. Nunca había sentido tanta hambre. Me frustraba muchísimo que mi brazo izquierdo no respondiese bien, porque eso me impedía usar los cubiertos con normalidad. La comida se caía antes de llegar a mi boca y tardaba una eternidad en poder tragar cada bocado. Así que tomé una decisión práctica:
Abandoné los cubiertos.
Empecé a comer con las manos. Bueno, sobre todo con la derecha, porque la izquierda tenía vida propia y no colaboraba mucho. Mi familia me observaba entre boquiabierta y divertida, hablándome despacio y con extremo cuidado, como si yo fuera un animal salvaje:
—Tranquila, come con calma, que nadie te va a quitar la comida mujer.
Se morían de risa conmigo cada vez que llegaban las bandejitas con los menús. Yo devoraba. Con ansia. Con desesperación. Con hambre. No podía controlarlo. No sé si fue el ictus o el más primitivo instinto de supervivencia, pero para mí la comida se convirtió en felicidad masticable. Sé que debía parecer un chihuahua rabioso; el ansia se me notaba en cada movimiento. Para no escandalizar demasiado, a veces intentaba disimular —cuando había gente delante—, aunque casi nunca lo lograba. El hambre seguía ahí. Y siguió durante meses. Y eso que hablamos de comida de hospital.
Cuando llegué a casa, lejos de mejorar, fue a peor. Comía con ansia desmedida. Y aquí viene la anécdota superficial: decidí empezar a controlar mi alimentación porque mi hermana se iba a casar en unos meses y, de seguir comiendo así, yo no iba a entrar en el vestido que había comprado.
La mente es extraña. Dentro de una experiencia traumática, algo aparentemente superficial puede convertirse en un salvavidas inesperado. En mi caso fue un trozo de tela. Más vestido, menos ictus. Así no sentía que fuera una dieta de enferma, era dieta por lucir tipito en una boda. O eso quise creer. Ahí empezó mi camino hacia una alimentación más saludable: reducir el colesterol, cuidar mis arterias, prevenir un nuevo ictus… y caber en un vestido.
Después del ictus había perdido mi pasión por la cocina. Era algo extraño. Había pasado toda mi vida cocinando y, sin embargo, de repente ya no encontraba la ilusión de antes. Mi restaurante había desaparecido y yo sentía que aquella vida pertenecía a otra persona.
Empecé con la simple idea de saciar mi apetito. Me limité a preparar recetas sencillas siguiendo las recomendaciones dietéticas para personas que han sufrido un ictus. Y platos que me ayudaran a saciarme y dejar de engullir como un tragabolas. Pero, sin darme cuenta, descubrí una nueva manera de comer. Durante unas semanas me limité a una cocina de supervivencia. Airfryer, plancha, todo sano y extremadamente básico. Pollo a la plancha con espárragos. Pescado a la plancha con brécol. Más verduras al vapor. Funcionaba porque a mí todo me sabía delicioso, pero poco a poco empecé a echar algo de menos.
Faltaba emoción. Faltaba creatividad.
Y fue entonces cuando mi chef interior dijo:
— Oye, que sigo aquí. Déjame a mí.
Empecé a probar combinaciones buscando platos que fueran saludables, pero más variados y divertidos. Poco a poco, casi sin darme cuenta, recuperé una parte de mí que creía perdida. Como si mi pasión hubiera necesitado encontrar un nuevo propósito para volver a aparecer. Fue muy terapéutico encontrarme de nuevo. Todavía no sabía si alguna vez volvería a una cocina, pero cocinar para cuidarme iba a ser el primer paso para volver a vivir ese sentimiento. Y disfrutar de la gastronomía en versión saludable.
Funcionó. Mi hipertensión se reguló, el colesterol bajó y las analíticas empezaron a ser sorprendentemente buenas. El hambre fue calmándose poco a poco y dejé de comer como si alguien fuese a robarme la comida del plato. Nunca sabré con certeza si aquel apetito desbordado fue un síntoma del ictus. Los médicos no me lo confirmaron, pero conocí a otros pacientes a los que les pasó algo parecido. Lo que sí sé es que, al final, fue el hambre la que me ayudó a volver a cuidarme. A cocinar cosas ricas y sanas a la vez. Y a volver a sentir mi pasión por cocinar.
La boda de mi hermana fue perfecta. Yo tuve que vivirla sentada, porque aún no estaba suficientemente recuperada, pero la disfruté dentro de mi vestido. La comida estaba buenísima y ese día me di un homenaje, porque cuidarse no significa castigarse.
Un día no lo estropea todo.
Lo importante son los hábitos diarios, constantes, y que comer sano sea una forma de vivir, no un esfuerzo inhumano. Y, sobre todo, que la comida sea apetitosa. Así empecé a cambiar mi forma de comer.
Desde otro lugar.
Y entendí que cuidarte no tiene por qué sentirse como un castigo. Que se puede comer mejor sin sentir que estás a dieta. Sin sacrificio. Con disfrute.
Si te apetece, puedes pasarte por mi página de instagram y ver mi repertorio de recetas saludables o pedirme una versión saludable de la receta que tù quieras.

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