NUNCA PENSÉ QUE FUERA A SUFRIR UN ICTUS
- Marian Rodríguez

- 29 ene
- 6 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 días
Nunca pensé que fuera a sufrir un ictus. Yo era muy fuerte, practicaba deporte y jamás pensé que mi salud estuviese comprometida.
Un grado alto de estrés, un colesterol elevado y una ligera hipertensión, sumados a una visita a un quiropráctico, culminaron en dos pequeños cortes en mi arteria vertebral. A los quince días, un coágulo seco y traidor me regaló un ictus que casi me mata. Se habla poco de los ictus para lo frecuentes que son, pero eso lo veremos más adelante. Volvamos a las semanas previas.
Estrés, agotamiento, dolor de cabeza… ¿os suena?
Llevaba un año y medio con mi proyecto personal, un restaurante muy cuqui que iba sorprendentemente bien. Ya había alcanzado los objetivos previstos para el tercer año. Estaba feliz y agotada a partes iguales. Trabajaba entre 60 y 80 horas semanales, pero vamos, lo que parece normal para cualquier autónomo tratando de gestionar su emergente negocio. Mis empleados hacían sus horas, pero ¿yo?
Yo nunca descansaba lo suficiente.
Estaba tan feliz y centrada en mi proyecto que ni por un momento sospeché la experiencia vital que iba a sufrir.
En mi día libre acudí a un quiropráctico porque las cervicales eran uno de mis puntos débiles. Pasaron quince días durante los que me encontré fatal: náuseas, mareos, vómitos y un terrible dolor de cabeza, pero no fui al médico. Pensé que era estrés. Lo dejé para el día siguiente. Cada día.
Aun así tuve suerte y no me tocó morirme.
Si tienes alguno de estos síntomas, acude siempre a un médico. No tomes analgésicos ni sigas como si nada. Eso fue lo que yo hice durante esas dos semanas y me arrepentiré siempre.
Una mañana me levanté muy extraña y terriblemente mareada. Me costaba mucho hablar, así que en vez de llamar a urgencias traté de mandarle un WhatsApp a mi madre pidiendo auxilio, pero no llegué a terminarlo porque no enfocaba bien la vista. El teléfono me resbaló de las manos y yo caí de rodillas al suelo.
Sentí que iba a morir.
De repente me invadió una sensación tan bella como no recuerdo otra en mi vida. Alguien me acunaba sobre un colchón de plumas cálido y suave y pensé:
—Vaya, la muerte era esto. Pues qué pena vivir con tanto miedo a algo tan hermoso.
Tuve un pequeño resumen visual de mi vida en unos segundos maravillosos, me despedí de mi paso por la Tierra con resignación y me desplomé.
Pero no era mi hora.
Sentí un golpe contra el suelo, abrí los ojos y, para mi sorpresa, aún estaba viva. Pero la sensación de colchón de plumas se había disipado totalmente y no tenía voluntad de ningún tipo.
No me podía mover y tampoco podía hablar. Pero estaba completamente consciente. Intenté gritar socorro por si me oía algún vecino y me salió algo parecido a un pequeño graznido afónico de cuervo, y recuerdo pensar:
—Ay, qué horror.
Pero sin mucho horror. Quizá mis neuronas se pusieron en servicios mínimos porque, aunque la experiencia fue terrorífica, no sentí ansiedad ni dolor. Cada vez que abría los ojos veía la misma esquina del mueble del salón. No podía moverme; solo el brazo derecho respondía ligeramente.
El tiempo se detuvo.
Pasé algo más de dos horas en el suelo pensando que moriría allí, de la manera más absurda, hasta que escuché cómo se abría la puerta de mi casa.
Era mi madre.
Habíamos quedado y, al no conseguir localizarme ni por teléfono ni en el restaurante, decidió pasarse por el piso. Esa preocupación me salvó la vida.
Me encontró en el suelo. Vomité y me giró la cabeza para evitar que me ahogara. Madre no hay más que una, y a mí me tocó la mejor. Se recuperó del impacto inicial y llamó rápidamente al 112. Mientras tanto, yo escuchaba todo.
A veces seguimos dentro del cuerpo, aunque no podamos responder.
La conversación fue delirante:
—Señora, no se ponga nerviosa. (No, claro. Ponte tú en el lugar de mi madre).
Al final la pasaron con un médico y mandaron ayuda casi de inmediato. Por el rabillo del ojo vi cómo llegaba mi sobrina —pobre, el shock que le tocó vivir con 17 años— y casi a mismo tiempo muchísimos sanitarios. Una médica trató de hacerme muchas preguntas pero aunque yo podía ver y oír, solo pude colaborar con un ligerísimo apretón con la mano derecha para confirmar que seguía allí dentro. Con la izquierda no fui capaz.
Activaron el protocolo ictus.
Pintaba tan mal mi caso que la médica de urgencias le dijo a mi familia que quizás no llegase viva al hospital. Innecesario porque lo oí. Casi me da otro patatús.
Me pusieron oxígeno. Bendición. Sentí que revivía un poquito y eso me dio fuerzas para seguir en la pesadilla un ratito más. Recuerdo la ambulancia, los sanitarios hablándome todo el tiempo. Lo agradecí infinito, porque yo seguía allí, dentro de un cuerpo inerte que no parecía el mío.
Era como una marioneta en el cajón de los guiñoles.
Llegamos al hospital. Resonancia. Confirmación de ictus grave. Confirmación de ligeras disecciones en la arteria. Semanas más tarde los neurólogos me explicaron que el estrés y la hipertensión pueden aportarle rigidez a las arterias y volverlas más indefensas ante un traumatismo de cualquier tipo. Mi cuerpo había creado el caldo de cultivo perfecto para un ictus. Y bingo.
Poco antes de operarme hicieron entrar a mi hermana para que pudiese verme y transmitirme un mensaje tranquilizador. Pobrecilla. Qué susto se llevó al verme. Más adelante me contaron que en ese momento mis ojos giraban desorbitados en direcciones opuestas y que tenía la mandíbula totalmente desencajada. Un espectáculo. Pero ella cumplió estoicamente y tartamudeando y en un tono poco convincente me dijo que todo iba a salir bien.
—Bueno. A ver—Pensé yo
Entré en quirófano y la anestesista me dijo:
—Piensa en cosas bonitas.
Desperté tras varias horas de operación. Lo primero que comprobé fue que había recuperado la movilidad parcialmente. Así que acerqué la mano derecha a la oreja para saber si mi cabeza estaba afeitada como en las películas. Pues no. Luego me explicaron que me operaron mediante un catéter que se introduce por la vena cava. Alucina. Yo no tenía ni idea. Bendita tecnología.
En reanimación me hicieron muchos test neurológicos. Sorprendentemente, podía hablar de nuevo. Mal, pero se me entendía. Me comunicaron que mis daños parecían reversibles y que mi evolución podría ser larga, pero muy favorable. Todos parecían muy animados. Yo estaba viva, bastante feliz pero muy desconcertada. Me preguntaron si quería hablar con alguien y pedí ver a mi madre. Yo solo quería decirle que lo sentía muchísimo pero lo que me salió fue:
—Lo zzzzziento muxxxo maaaaammaaá.
Me abrazó. Le había dado el susto de su vida. Y al resto de mi familia también. Me gustaría que mi experiencia valiese para otras personas, ojalá nadie tuviese que vivir lo que yo viví. Y eso que tuve suerte. Muchos no lo cuentan o viven con secuelas terribles.
Así que por si a alguien le sirve os diré que:
Si te duele mucho la cabeza, consulta con un médico. Y tanto si ves borroso como si no puedes hablar bien o no te salen las palabras, que sepas que es una señal de alarma. La regla de las 3F, ojo con cualquiera de ellas:
F de Facial: la cara se contrae
F de Fuerza: notar pérdida de fuerza en general o en un lado del cuerpo
F de Frase: No te salen las palabras o las cambias de orden o incluso hablas raro.
No esperes. Yo esperé demasiado y por poco no lo cuento.
Cuida el estrés. Priorízate. Come bien. Duerme.
Ojo con el colesterol. Ojo con la tensión.
¿ Y por qué os digo esto?
Porque los estudios médicos dicen que aproximadamente un 80 % de los ictus podrían evitarse con hábitos saludables. Y prevenir es mejor que curar. La recuperación fue larga y durísima. Tuve que reaprender miles de cosas, desde caminar a dar un aplauso. Yo no sabía todo lo que me esperaba. El daño cerebral es desconcertante y agotador. Y aún no estoy curada del todo. Y ha pasado un año.
Porque después del ictus empieza otro camino.
Uno complicado, incierto y agotador. Y además, muy solitario, porque nadie parece entender exactamente lo que te pasa. Tampoco tienes una fecha concreta de alta ni sabes si te quedarán secuelas o no. A los cuatro meses asumí que aquello iba para largo y tomé la decisión de traspasar mi restaurante, el sueño de mi vida. Entré en depresión. No me reconocía. No mejoraba como yo esperaba. Tenía mil sensaciones horribles.
Pero llegó un momento en el que me di cuenta que sólo hay un camino y es hacia adelante.
Me volqué al 100% en mi recuperación y pedí ayuda profesional, tanto física como psicológica. Y, según iba mejorando, pensé que quizá no estaría mal contar mi historia… porque tal vez alguien, al otro lado de la pantalla, necesita escucharla.
